Fantastic Fest 2018: LIFE AFTER FLASH, una celebración del legado de FLASH GORDON

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

La colorida, divertida y delirante aventura espacial Flash Gordon (1980) –sobre un jugador de futbol americano (Sam Jones) que por casualidad termina en el espacio exterior tratando de evitar la destrucción de la Tierra a manos del maligno emperador Ming (Max von Sydow)– no fue en su momento un tremendo éxito de taquilla al nivel de, por ejemplo, La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977), pero gradualmente se convirtió en una auténtica cinta de culto. La admiración que cineastas como Guillermo del Toro y Edgar Wright tienen por ella, el alcance que tuvo su soundtrack a cargo de la legendaria agrupación británica Queen y, por supuesto, ese hilarante homenaje que Seth MacFarlane le brindó en su díptico sobre el oso Ted (con apariciones del mismísimo Sam Jones), demuestran perfectamente su influencia. 

En ese mismo tenor de celebrar el legado de Flash Gordon, se presentó en Fantastic Fest el documental Life After Flash (2017), el cual tiene varias vertientes: por un lado es una indagación en el detrás de cámaras de la filmación de Flash Gordon, así como un vistazo a su impacto, y por el otro cumple la promesa del título y nos deja ver qué sucedió con la vida del histrión Sam Jones después de haber interpretado al mariscal de campo all-American de los Jets de Nueva York.

La directora Lisa Downs recurre a la tradicional dosis de “caras parlantes” en el cine documental para entretener con los relatos sobre la filmación de Flash Gordon, compartidos, entre otros, por actores –como el siempre hilarante Brian Blessed (quien interpretó al principe Vultan en el filme)–, la viuda del productor, Martha De Laurentiis, e incluso el compositor principal del memorable soundtrack, Brian May. A su vez, Downs aprovecha el seguimiento que le hizo a Jones en convenciones donde suele convivir con sus fans para obtener otras entrevistas –un tanto improvisadas– con personalidades como Robert Rodriguez, Stan Lee, Sean Gunn, Michael Rooker y Jason Mewes, quienes ofrecen su punto de vista sobre la esencia y relevancia de Flash Gordon.

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Se nota que el documental fue realizado con tiempo y recursos limitados, y aunque las anécdotas sobre el making-of de Flash Gordon (i.e. que Nicolas Roeg era el director original o que Jones tuvo fricciones con el productor Dino De Laurentiis) resultan en material bastante ameno, se extraña una forma más cuidada y, ¿por qué no?, testimonios de fans declarados de la película como los anteriormente mencionados del Toro, Wright y MacFarlane.

Pero ahí es donde entra la otra capa de Life After Flash, la dedicada totalmente a Sam Jones. Por momentos resulta la clásica historia sobre el actor que no terminó de la mejor manera la producción, y que se dejó llevar por el mito de Hollywood para resultados no tan placenteros, aunque al final Jones encabeza un documental motivacional una vez que lo descubrimos como un hombre de familia trabajador –quizá la mayor sorpresa del filme tiene que ver con el otro empleo de Jones como guardaespaldas en la zona fronteriza de México– y agradecido por el legado de Flash Gordon, i.e. sus cameos en Ted (2012) y Ted 2 (2015) y la conexión que continúa gozando con la siempre creciente base de seguidores. Al final del día, y como dicen otros character actors a lo largo del documental, siempre es preferible estar ligado toda la vida a un papel memorable que quedar en el olvido.

Fantastic Fest 2018: DOGMAN, el regreso de Matteo Garrone al cine realista sobre crimen

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Luego de indagar en el cine fantástico con la gran y extraña cinta de antología Tale of Tales (Il racconto dei racconti, 2015), el director italiano Matteo Garrone regresa al territorio que originalmente le brindó reconocimiento a nivel mundial: el drama realista sobre crimen y violencia situado en las periferias urbanas de su propio país.

En otras palabras, Dogman (2018) remite a la forma y a los temas explorados por el filme más famoso de Garrone, Gomorra (2008), aquella importante adaptación de la novela del mismo nombre, escrita por Roberto Saviano, sobre la organización criminal del sur de Italia conocida como Camorra. Aunque en esta ocasión Garrone presenta una historia más condensada –recordemos que Gomorra es una colección de diversos relatos–, Dogman no deja de ser una cinta pertinente que resalta al hombre común de la clase obrera que se ve inmiscuido en el ambiente criminal que se vive en su comunidad.

Marcello Fonte, de inolvidable interpretación, es Marcello, dedicado padre de una jovencita (Alida Baldari Calabria) y encargado de Dogman, una humilde estética y guardería para perros ubicada en un barrio bajo de la capital italiana, Roma. Dos secuencias claves en la primera parte de Dogman definen a Marcello como un hombre de buen corazón que, de cualquier manera y tanto por necesidad económica como por su personalidad sumisa, se involucra en actividades ilícitas. 

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Primero atestiguamos que Marcello complementa sus ingresos vendiendo cocaína, aunque tiene la decencia de alterarse cuando su principal cliente, el fortachón y maniático vecino de la zona Simoncino (Edoardo Pesce, también de excelente trabajo), quiere inhalar el producto recién adquirido en plena estética canina donde también está presente la hija del protagonista. En la segunda escena, Marcello es arrastrado por el mismo Simoncino a que funja como chofer en un asalto a una casa, donde Simoncino y su otro cómplice encierran a la escandalosa mascota en la nevera para que no haga ruido durante el atraco; eventualmente, Marcello demuestra la humanidad que lo separa de los criminales de su barrio cuando decide regresar a la casa para intentar salvarle la vida al perrito. 

La intención de Dogman no es poner los reflectores en el panorama general del crimen en Roma, sino revelarse como un estudio de personaje enfocado en la evolución de la peculiar relación “amistosa” entre Marcello y Simoncino, el primero un hombre que goza de una buena reputación con las demás personas de la comunidad y el segundo el típico joven bully/criminal de poca monta/adicto a la cocaína que tiene hartos a los vecinos. En el valioso y contundente cine realista, con tintes de venganza, que Garrone presenta en Dogman, la tragedia tiene que ver con la gradual transformación del hombre trabajador aunque no totalmente inocente (Marcello) en lo que no era, provocada tanto por sus acciones aparentemente inofensivas (vender cocaína, por ejemplo) como por los actos salvajes y deshonestos de un individuo (Simoncino) que refleja la profunda descomposición social de la actualidad. 

Fantastic Fest 2018: TENACIOUS D IN POST-APOCALYPTO, la nueva aventura del grupo de Jack Black

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Tenacious D in The Pick of Destiny (2006), la primera y hasta el momento única aventura cinematográfica del grupo de rock conformado por Jack Black y Kyle Gass, es una cinta infravalorada y un sentido homenaje al rock ‘n’ roll que cumple con su propósito de hacer reír, asimismo entregando un soundtrack bastante memorable que cuenta con algunas de las canciones mejores logradas de la banda. Toda la secuencia inicial contada por medio del tema “Kickapoo”, sobre la infancia de la oveja negra rockera de una familia religiosa (JB, el personaje de Black), es perfecta para ejemplificar la valía de Tenacious D in The Pick of Destiny como una  “ópera de rock” cómica, incluso con cameos de Meat Loaf y del mismísimo Ronnie James Dio. 

Casi 12 años después del estreno de Tenacious D in The Pick of Destiny, la nueva serie web protagonizada, musicalizada y animada por el grupo, Tenacious D in Post-Apocalypto (2018), era una de las premieres mundiales más atractivas de Fantastic Fest, empero, el resultado final se siente como un producto hecho sin la dedicación que emanaba ese filme de 2006. 

Para empezar, el propio Jack Black decidió “animar” esta serie compuesta por seis episodios y cuya plataforma de exhibición será YouTube a partir del 28 de septiembre. Aunque resulta curioso que el actor, guitarrista y vocalista hizo los dibujos de Post-Apocalypto, esto no sólo le da un look intencionalmente amateur sino que, de hecho, ni siquiera se puede decir que la serie está “animada” porque los personajes carecen de movimiento: lo que vemos son los coloridos dibujos editados en secuencia y no más, ni siquiera las bocas de los protagonistas se mueven y, en consecuencia, la serie hace ver la animación que South Park tenía hace 20 años como algo extraordinario. 

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Pero el problema principal está en el flojísimo guión; si bien la trama de The Pick of Destiny era básica y de ahí había diversos momentos absurdos (¿recuerdan la pirada y ridícula aparición del Sasquatch?), Post-Apocalypto es más una sucesión arbitraria de las ocurrencias que los Tenacious D seguramente tuvieron mientras se encontraban en un estado alterado. Quizá en medio de su desmadre, una historia sin pies ni cabeza sobre Tenacious D en el fin del mundo –alejada de su amor por el rock y enfocada en encuentros aleatorios con otros personajes como un grupo de mujeres, el robot Terminator o los hijos tanto de JB como del presidente Donald Trump–, lucía como una hilarante idea, pero la realidad es que los seis capítulos de la serie divierten sólo ocasionalmente. 

Post-Apocalypto también es el Tenacious D más vulgar, dado que The Pick of Destiny y su antecesora espiritual Escuela de rock (School of Rock, 2003), de Richard Linklater, fueron películas de estudio concebidas para una audiencia mayor. Lo decepcionante es que la idea de Black y Gass de aprovechar las libertades inherentes a exhibir su trabajo en YouTube es sinónimo casi exclusivamente de mostrar dibujos de penes en la pantalla, o a un Terminator con vagina (en serio). Sí, la esencia de Tenacious D es la antítesis de la seriedad y de la madurez, pero, ciertamente, para las aventuras dementes, las vulgaridades, las parodias o el intento de satirizar la política de Estados Unidos, se necesita inteligencia y cohesión, algo que en general Post-Apocalypto, con todo y su olvidable soundtrack, carece.

Fantastic Fest 2018: MID90S, la notable ópera prima de Jonah Hill

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

11 años después de que Supercool (Superbad, 2007) finalmente lo hizo destacar como actor cómico, y siete desde que Moneyball (2011) lo convirtió en un nominado al premio Oscar, Jonah Hill debuta como director/escritor con Mid90s (2018), cinta coming-of-age que divierte y, al mismo tiempo, revela a Hill como un cineasta sensible que está interesado en capturar momentos de naturalidad provenientes de la interacción de un grupo de jóvenes actores sin mucha experiencia previa.

Desde los primeros instantes nos damos cuenta que Hill apuesta por algo tan personal como lo que hicieron en su momento Seth Rogen y Evan Goldberg con el guión de Supercool, empero, Mid90s no es una comedia directa y está más apegada al trabajo de directores como Richard Linklater, e incluso Larry Clark, que a la escuela de Judd Apatow de la que Hill se graduó hace tiempo.

Con su cámara puesta en detalles que nos llevan a la propia infancia de Hill en los años noventa –no faltan las cobijas de las Tortugas Ninja, los pósters del Wu-Tang Clan, y por supuesto el soundtrack repleto de música hip hop y temas más populares de la época como “Wave of Mutilation” de Pixies o el cover que Nirvana le hizo a “Where Did You Sleep Last Night”–, Mid90s tiene como protagonista al jovencito Stevie (Sunny Suljic), quien vive con su madre soltera (Katherine Waterston) y sufre las acciones violentas de su hermano mayor (Lucas Hegdes por fin haciendo algo diferente), mientras que en el exterior trata de adaptarse socialmente y comienza a interesarse por el patinaje.

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Eventualmente, y por medio de su amigo de origen latino Ruben (Gio Galicia), Stevie se integra a un grupo de skaters de mayor edad que él, quienes gradualmente le darán un sentido de pertenencia –no por nada Hill le da un gran peso a la escena en la que Stevie recibe de manos de uno de los chicos que admira, Ray (Na-kel Smith), su primera patineta de calidad–, pero también lo invitarán a experimentar nuevas cosas, i.e. salir de fiesta, conectar con una chica, y probar el alcohol y las drogas.

Hill pone los reflectores en adolescentes con trasfondos complicados, como el malhablado Fuckshit (Olan Prenatt) o el tímido y marginado Fourth Grade (Ryder McLaughlin), y por momentos evoca al trabajo de Larry Clark, quien suele exponer a jóvenes problemáticos que se dirigen a una verdadera tragedia. Mid90s se siente un tanto abrupta cuando, por ejemplo, Stevie parece intentar quitarse la vida tras una fiesta y otra noche violenta en casa, pero afortunadamente Hill no termina optando por un desenlace funesto, remitiendo más a la humanidad de Richard Linklater.

Mid90s nos recuerda que, en efecto, la vida está llena de tropiezos y experimentarlos es una parte natural del crecimiento, pero también que este mismo proceso coming-of-age es sinónimo de buenos y memorables tiempos (muchas interacciones entre Stevie y los skaters son hilarantes) y de personas que, aunque quizá no sea evidente, representan el valor de la familia y la amistad. Hill ha comenzado su carrera como director de manera notable. 

Fantastic Fest 2018: SUSPIRIA, la película de terror del año

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Situada en 1977, obvia referencia al año de estreno de la magistral cinta de Dario Argento en la que está basada, la Suspiria (2018) del italiano Luca Guadagnino usa la premisa original, respetando incluso los nombres de las protagonistas: Susie (Dakota Johnson, de presencia tan vulnerable como poderosa) es una jovencita americana que viaja hasta Berlín, Alemania con el deseo de enrolarse en una academia de baile, donde conoce a su compañera Sara (Mia Goth), quien eventualmente indagará en los misteriosos sucesos que en su momento llevaron a otra joven bailarina, Patricia (Chloë Grace Moretz), a abandonar el lugar repentinamente.

Si bien la trama inicial es esencialmente una calca de la película protagonizada por Jessica Harper, basta una rápida comparación entre las secuencias que muestran el arribo a Berlín de Susie para darnos cuenta que Guadagnino, acertadamente, no está interesado en intentar replicar el estilo único de Argento. Un sentir enigmático, una paleta de colores que le brinda tonos rojizos, amarillos y verdes a, por ejemplo, la lluvia, y el casi omnipresente y estridente score de Goblin, se vuelve algo mucho más mundano, filmado con rápidos zoom-ins como de antaño, y sin la saturación de color icónica de la versión setentera. 

En general, el remake de Suspiria no ocupa ese tono onírico de la original y, de hecho, desde sus primeros capítulos se siente como una invitación a mirar lo que sucede en el “mundo secreto” que yace bajo la superficie de la academia de baile, un mundo donde se esconde -como el personaje de Grace Moretz le advierte a su psicólogo alemán desde la primera secuencia del filme- un “coven” de brujas.

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El camino que toma el guionista americano David Kajganich evapora pronto el misterio respecto a la academia de baile; si en la original Argento traía, por ejemplo, elementos del giallo para sugerir que quizá había un asesino detrás de los extraños y sangrientos sucesos, y las referencias directas a la brujería no llegaban hasta la segunda hora, el encanto del filme de Guadagnino no tiene que ver con la revelación de este secreto sino con la exposición de las interacciones entre las brujas lideradas por Madame Blanc (Tilda Swinton, de perfecta interpretación), sus procesos para tomar decisiones, su relación con el mundo exterior, y sus rituales ligados a la danza. 

Decir que la Suspiria de 2018 no tiene en la mayoría de su metraje el estilo de la de 1977 es cierto, pero también lo es que, a su manera, es igualmente un deleite visual absoluto. Guadagnino explora el elemento del baile, le da peso como nunca lo hizo Argento y en la primera secuencia deslumbrante de su cinta, conjuga la intensidad de los pasos de Susie con el terror inherente al “coven”. Al final, Guadagnino nos deleita con algunos montajes oníricos e incluso con un hermoso clímax donde satura la pantalla de color rojo, ahora sí evocando al mismísimo Argento; pero su versión nunca deja de arriesgar al ser más explícita y brutal (aunque también con un toque de humor negro), y al expandir y depender en mayor medida de la narrativa. 

El guión asume como trasfondo parte de la historia de Alemania (Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y la división entre Berlín Oriental y Occidental), y, sobre todo, cambia totalmente el significado del personaje de Susie, de su deseo de ir a Berlín, y de la llamada Madre Suspiriorum, para un efecto memorable. De este manera, el director Guadagnino y el guionista Kajganich entendieron a la perfección que filmar una nueva versión de un clásico de culto cinematográfico y no proponer algo diferente, en cuestión de estilo, historia y temas, era la mayor trampa en la que podían quedar atrapados. No sólo salieron bien librados sino que su Suspiria es, muy probablemente, la cinta de terror del año.