HISTORIA DE FANTASMAS: Amor, pérdida y el brutal paso del tiempo

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Ya decía el cineasta mexicano Alfonso Cuarón (en entrevista para El País) que “el cine se ahuevonado, se ha aletargado en el sentido de convertirse en una herramienta narrativa. El cine contemporáneo mainstream son películas que puedes ver con los ojos cerrados”.

Después de una experiencia justo en el mainstream, el remake de Mi amigo el dragón (Pete’s Dragon, 2016) producido por Disney, el director americano David Lowery regresó con Historia de fantasmas (A Ghost Story, 2017), un filme que si bien cuenta con dos actores muy reconocidos (Casey Affleck y Rooney Mara) y una premisa que parece propia del cine de género, resulta ser exactamente lo que el mismo Cuarón consideraría una “experiencia fílmica donde debes tener los ojos bien abiertos”.

Affleck y Mara interpretan a una pareja que está cerca de mudarse de su casa ubicada en un lugar aislado. Sin embargo, el protagonista muere repentinamente en un accidente automovilístico y así Lowery toma un camino diferente, aprovecha un elemento fantástico (el hombre muerto se levanta del hospital y regresa a su casa como un fantasma de presencia invisible para los vivos) y hace de Historia de fantasmas un producto altamente personal y atípico dentro del cine norteamericano.

Lowery logra profundizar sobre temas íntimos, como el duelo tras la muerte de un ser querido, y poco a poco va expandiendo su propio universo hasta contemplar lo insignificante de la humanidad ante el brutal e inevitable paso del tiempo. Todo esto lo hace con pocos elementos, basta remarcar que prácticamente toda la película sucede en un mismo espacio (aunque en épocas diferentes), no hay diálogo en buena parte del metraje, y ciertamente el lado actoral recae casi siempre en los hombros de Mara (una interpretación sutil) y Affleck bajo una sábana blanca.

Primeramente, Historia de fantasmas entiende la dureza del proceso de duelo. Lowery requiere de poco para expresar esto de una manera poderosa y visualmente única. Hay una delicadeza inherente que está muy alejada del cine industrial; tomas largas donde la cámara no se mueve y aparentemente no sucede mucho, aunque en realidad es todo lo contrario. El mejor ejemplo es una escena en la que Mara se sienta en el piso a comerse una tarta impulsivamente mientras llora, al tiempo que el fantasma de su difunta pareja simplemente la observa en el fondo de la toma. El filme transmite esa sensación de que el tiempo se detiene en tiempos difíciles, pero no se queda en eso solamente. Con una breve secuencia en la que vemos a Mara salir de la casa una y otra vez, u otra donde a través de la ventana nos damos cuenta que el invierno se ha convertido en primavera, Historia de fantasmas nos recuerda que a pesar de todo, la vida nunca se va a detener.

Éste es un movimiento que eleva todo el significado de la cinta y la lleva a un territorio tan natural como lleno de asombro. De pronto, los días, los meses, los años que parecían largos se han ido; el fantasma es testigo de diversos sucesos, como la partida de su mujer o el arribo de inquilinos nuevos, y entiende que todo rastro de su vida quedará forzosamente en el olvido. Lowery, quien también escribió el guión, tiene algunas escenas que a diferencia de la mayoría, son conducidas principalmente por el diálogo. Un par, en particular, versan sobre el paso del tiempo y la memoria. La primera es mucho más íntima y breve, con el personaje de Mara contándole a su pareja sobre su costumbre de dejar una nota en el hogar que está abandonando, para recordar su tiempo ahí si alguna vez regresa; la segunda es una diatriba de un inquilino de la casa, en plena fiesta, que expresa un vacío existencial al pensar en el fin de la humanidad , de cualquier tipo de legado, y del universo en general.

A pesar de contar con un presupuesto bajísimo para los estándares de Hollywood (costó $100 mil dólares), Historia de fantasmas está a la altura tanto del sentir nostálgico y personal del primer diálogo, como de la gran magnitud que trae a la mesa el segundo. Los guiños a los sustos propios del subgénero de las casas embrujadas, la imaginería que bebe por igual de la ciencia ficción futurista y de un filme de época, o un concepto como el time loop, siempre van de la mano con la riqueza de los temas humanos que explora Lowery. Una película única, conmovedora y fascinante, entre lo mejor de 2017.

Una versión diferente de este texto fue publicada originalmente en Empire México (en diciembre de 2017).

ROMA: La faceta más personal de Alfonso Cuarón

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

En una de las escenas con narración de Y tu mamá también (2001), donde la voz de Daniel Giménez Cacho daba un mayor contexto a las acciones de los protagonistas y ocasionalmente también del ámbito social y político a su alrededor, se hace mención a la construcción de un hotel de lujo en terrenos ejidales, una acción que eventualmente provoca que un humilde pescador de la zona nunca vuelva a practicar su oficio. Roma (2018) –primera película sobre México de Alfonso Cuarón desde aquella road movie/historia coming-of-age sobre dos mejores amigos– expande esa atención al contexto sociopolítico del país y pone los reflectores en una mujer de origen mixteco (Cleo, interpretada por Yalitza Aparicio) que labora en la Ciudad de México como ayudante de una familia de clase media alta. Roma es, por supuesto, un filme político, no por nada se hace mención, por ejemplo, de que la madre de Cleo está a punto de perder sus terrenos ante el municipio; sin embargo la propia protagonista, de manera natural, no le da peso a esta noticia porque tiene sus propios problemas.

Es así que ante todo, y con su impecable fotografía en blanco y negro, Roma nos lleva hasta las entrañas de una familia mexicana entre 1970 y 1971. La cámara está puesta en la cotidianidad y el nivel de detalle se aprecia en cómo se da seguimiento a cuestiones mundanas que, en el papel, podrían decir poco o nada, i.e. el papá (Fernando Grediaga) que le cuesta trabajo meter su carro de gran tamaño en su angosto zaguán, las cacas del perro en el patio de la casa que Cleo nunca limpia a pesar de los regaños de sus patrones, los niños jugando, la abuela (Verónica García) que le compra golosinas como una caja de Gansitos a sus nietos, o el sonido de la colonia. Roma podrá estar situada en el ambiente en el que creció Cuarón, quien nació en la Ciudad de México a finales de 1961, pero este tipo de detalles los reconocemos, y apreciamos, más de uno.

Por otra parte, si en Y tu mamá también Cuarón filmó su road trip sin ignorar el entorno de los caminos recorridos por los personajes, en Roma hace lo propio con la Ciudad de México. Ahí está la excelsa recreación del México de principios de los años setenta, desde el Teatro Metropólitan cuando era un cine donde la gente podía fumar viendo su película, la música que sonaba y los programas de televisión que se veían en esa época, a los pósters del Mundial de México 70 o la propaganda que anunciaba al PRI en todos lados. Una salida al cine cualquiera con Cleo y la abuela cuidando a los niños y a su amigo, se convierte en un notorio travelling lateral que nos hace sentir que estamos acompañando a Cleo mientras entra a una zona popular de la ciudad, para después revelar sutil pero contundentemente un conflicto pivotal que involucra a la familia protagonista.

En ese sentido de la carga dramática, Cuarón toma a dos mujeres, Cleo y la mujer de la casa (Marina de Tavira), de contrastantes clases sociales –en una fiesta de año nuevo, por ejemplo, una bebe pulque y la otra se codea con amigos gringos amantes de las armas– y las pone en situaciones no iguales pero sí con un tema en común: la mujer abandonada por la figura masculina que ha decidido mirar a otro lado. Roma tiene un curioso paralelismo con Niños del hombre (Children of Men, 2006) si pensamos que al centro de ambas está una mujer embarazada en medio de un terreno por demás hostil y violento, y que no tiene a nadie a su lado más que, en este caso, a su “familia postiza”.

Cleo, cuyo móvil dramático es su embarazo no deseado –producto de su relación con un joven ex “chemo” (Jorge Antonio Guerrero) de bajos recursos y que se está reformando gracias a un supuesto entrenamiento de artes marciales–, tiene que enfrentar a una sociedad machista pero no sólo eso, y es que el México priísta de los setenta, y ciertamente también el de hoy en día, es sinónimo de represión y guerra. En un magistral clímax, Cuarón conjuga la violencia del notorio halconazo (la matanza del jueves de Corpus), indica donde pone atención usualmente el estado para encontrar a sus ejecutores (las personas marginadas claramente), evoca esos momentos de Niños del hombre, y reafirma a Roma como otra de sus cintas con impresionante aspecto formal, pero la que más sacude emocionalmente.

Una obra de muchas capas, igualmente dura que enfocada en el humanismo; cada que la familia central le dice a Cleo que la quieren mucho, se trata del Cuarón más personal hasta ahora mostrando su gratitud.