FICUNAM 2020: HAGAMOS TODO PEDAZOS, rebelión en tiempos de capitalismo

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

En su trabajo más reciente, Hagamos todo pedazos (On va tout péter, 2019), el documentalista Lech Kowalski esencialmente se pregunta: ¿puede trascender una rebelión en nuestros tiempos demenciales de capitalismo y consumismo?

Kowalski –responsable de D.O.A. (1980), una mirada pura a la única gira americana de los Sex Pistols y a otras bandas punk rock de la época, y de Gringo o Story of a Junkie (1985), el documental de culto sobre unos junkies neoyorquinos que fue distribuido por Troma–, nos lleva en esta ocasión hasta el poblado francés de La Souterraine. Ahí la fabrica de autopartes GM&S podría cerrar sus puertas tras sufrir malos manejos, un escenario indeseable que dejaría a sus 277 trabajadores en la calle. Muchos de ellos cuentan con una antigüedad laboral importante (hay casos de más de 30 años), por ende son personas que ya pasan de los 50 años de edad; si a esto le sumamos que viven en un lugar aislado, sus alternativas en caso de ser despedidos serían por demás escasas, si no es que nulas.

Evidentemente este es un caso de características particulares. En un punto, y tras meses de presionar al gobierno francés y a los clientes Renault y PSA (el grupo detrás de Peugeot), los trabajadores ven posible la supervivencia de su fabrica ante el inminente arribo de nuevos dueños. Entonces sus demandas se hacen aún más específicas: una vez que se concrete la compra, buscan que no haya ni un solo despido, y en caso de haberlos, que los afectados reciban indemnizaciones justas con base en su antigüedad.

Es justo decir que, a estas alturas, cualquiera leyendo este texto debe empezar a considerar familiar el caso de GM&S. No importa que Hagamos todo pedazos aborde un suceso específico, en un lugar de Francia del que no se conoce prácticamente nada. Ya lo dijo Bong Joon-ho al hablar de la película con la que finalmente ingresó al mainstream (Parásitos): “Esencialmente, todos vivimos en el mismo país, llamado capitalismo”.

Ese es precisamente el presente al que Kowalski se refiere como demencial: tiempos de capitalismo, avaricia, condiciones laborales pobres, y por supuesto la consecuente desigualdad social. Incluso todos los jóvenes de hoy dominamos esa realidad de la falta de contrato y prestaciones de ley, los sueldos miserables y la explotación, el outsourcing ilegal, los despidos masivos, la indemnización incompleta y un largo etcétera. Como ya apuntaba, la gran pregunta en el documental es: en tiempos de empresas que, por su afán de ganar dinero a como de lugar, no priorizan el trato humano (en su narración Kowalski hace énfasis en la paradoja de las compañías que olvidan el bienestar de sus propios consumidores), ¿hay lugar para una rebelión?

Kowalski documenta meses y meses de resistencia, de trabajadores buscando la presión mediática, amenazando con hacer estallar la fabrica, exigiendo lo que es absolutamente justo, y siendo ignorados una y otra vez. Es una lucha entre David y Goliat, una pugna clásica entre un grupo de individuos unidos y el sistema establecido. La desigualdad es enorme e indignante: mientras unos batallan por lo que en teoría debería ser básico pero que actualmente parece hasta un lujo (tener un trabajo digno u obtener una indemnización por despido), otros en la industria automovilística ganan hasta $15 millones de euros al año.

No es coincidencia que los peces gordos brillen por su ausencia en Hagamos todo pedazos, ellos viven en otra dimensión y si acaso aquí los vemos brevemente mientras se lavan las manos ante los problemas en cuestión. Los momentos de tensión en el documental, de hecho, son usualmente protagonizados por personas de la misma clase trabajadora: ante la falta de soluciones, los trabajadores de GM&S se van desgastando (no faltan las discusiones entre ellos mismos), eventualmente haciendo que los automovilistas o sus colegas de la industria sientan enojo por alguna de sus desesperadas manifestaciones. Ni que decir de la inevitable y constante aparición de la policía; por más que un oficial pueda entender la causa de los trabajadores, al final del día cada quien está obligado a cumplir con su deber dentro del sistema, de lo contrario corre el riesgo de ser (fácilmente) reemplazado y perder su sustento.

Mientras el mundo sigue su curso, las corporaciones continúan con sus prácticas habituales (en este caso la mano de obra extranjera más barata y los trabajadores temporales son, obviamente, mejor opción para las ganancias que mantener 277 puestos y pagar indemnizaciones), y los ricos se hacen más ricos, los trabajadores franceses nos demuestran que todavía se puede ir contra corriente y pintarle el dedo a aquellos que se lo merecen. Quizá en Hagamos todo pedazos no hay una victoria en sentido estricto, sí los cimientos de una lucha que todavía no acaba y que podría tornarse aún más importante, además de una lección de empatía en tiempos cuando ese valor es más que necesario. Un documental absolutamente pertinente para la actualidad.

Cannes 2019: PARASITE, una original exploración de la desigualdad social

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

El maestro surcoreano Bong Joon-ho decidió regresar a su país para filmar Parasite (Gisaengchung, 2019), tras dirigir dos producciones internacionales con actores de renombre (Chris Evans, Jake Gyllenhaal, Tilda Swinton), elementos de ciencia ficción (en el caso de El expreso del miedo) y fantasía (Okja). Ambas elocuentes metáforas del estado del mundo.

La película tiene un reparto enteramente coreano, entre ellos su actor predilecto, Song Kang-ho, y temas de realidad social, remitiendo a esa parte de la filmografía de Joon-ho en la que también se encuentran obras mayores como Crónica de un asesino en serie (Salinui chueok, 2003) y Mother (Madeo, 2009).

Parasite sigue esa tradición de Joon-ho de balancear a la perfección drama, comedia y otros elementos. Al centro de las acciones está una familia totalmente afectada por la complicada situación económica en Corea del Sur (que obviamente es similar a la de muchas otras partes del mundo). Sus problemas como consecuencia del desempleo se ejemplifican en las primeras escenas de la película, cuando los miembros del clan se dan cuentan y lamentan que los vecinos han cambiado la contraseña y ya no podrán disfrutar de WiFi gratis. Eventualmente, un conocido del hijo lo ayudará a encontrar un empleo bien remunerado, será maestro de inglés de una jovencita perteneciente a una familia cuya situación contrasta con la de los protagonistas: el dinero les sobra, viven en una increíble casa diseñada por un famoso arquitecto, y pueden darse lujos como un chófer y una sirvienta.

La desigualdad social no es un tema nuevo en la filmografía de Joon-ho, basta recordar los infernales vagones llenos de pobres en la retaguardia de El expreso del miedo (Snowpiercer, 2013), pero en el caso de Parasite este tema se aborda de manera extremadamente peculiar. Por una buena parte de su metraje Parasite es la película más divertida del cineasta hasta ahora.

Reminiscente de Un asunto de familia (Manbiki kazoku, 2018), del japonés Hirokazu Koreeda, Parasite nos presenta personajes multidimensionales: una familia de bajos recursos, carismática, por la que sentimos empatía, pero cuyas acciones terminan siendo moralmente (muy) negativas. Lo genial de la cinta es que una vez que esta familia emprende su egoísta plan maestro –pretende hacer que cada uno de sus miembros (la hermana, el papá y la mamá) sea contratado por la familia privilegiada, sin importar que eso implique provocar el despido del chófer o de la sirvienta–, las secuencias son tan graciosas, ingeniosas y hasta épicas que es inevitable disfrutar de algo que, en efecto, no es para nada correcto.

Joon-ho, como es de esperarse, no apuesta por una simple lucha de clases, más bien demuestra que toda acción tiene inesperadas consecuencias y que él continúa siendo un cineasta que domina los cambios de tono y que no deja de asombrar. En ese tenor, todo momento y protagonista de Parasite es complejo; ahí están los casi antihéroes de la clase baja, aprovechándose de y no pensando en los demás, también vulnerables víctimas de su realidad. Por otra parte, la familia adinerada (Lee Sun-kyun y Cho Yeo-jeong interpretan a los padres), ingenuos ante la picardía de los otros, también listos para mirar con desdén y diferenciarse de quienes huelen diferente a ellos. Hay muchos detalles en el filme de Joon-ho, entre ellos que el olor de la familia de bajos recursos es distintivo y está asociado al lugar marginado donde viven, por ejemplo.

Parasite en una hilarante, sorpresiva, brutal, agridulce y siempre original exploración de la desigualdad y, por su puesto, de lo que estamos dispuestos a hacer por los familiares: engañar, violentar, o esperarlos el tiempo que sea necesario.

Texto publicado originalmente en Chilango.

THE DRUG KING: El Scarface surcoreano

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

La trama del don nadie que gradualmente se convierte en el capo de todos los capos es una de las más socorridas dentro del cine de crimen. Desde el primer montaje del filme The Drug King (Ma-yak-wang, 2018), dirigido por Woo Min-ho, un narrador nos indica que estamos, precisamente, ante la historia inspirada en hechos verídicos del hombre que dominó el tráfico de metanfetamínas en Corea del Sur y Japón: Lee Doo-sam, interpretado por el gran Song Kang-ho, actor regular de dos de los grandes autores del cine surcoreano contemporáneo: Bong Joon-ho (Crónica de un asesino en serie, El huésped, El expreso del miedo) y Park Chan-wook (Zona de riesgo, Sr. venganza, Thirst). 

En The Drug King, donde tiene su primer protagónico desde el éxito taquillero de 2017 A Taxi Driver (Taeksi woonjunsa, 2017), Song Kang-ho le da vida a un hombre de familia y orfebre de la ciudad portuaria Busan que, tras involucrarse en algunas actividades ilegales, acepta un trabajo circunstancial que ya no involucra oro sino una poderosa droga: la metanfetamína, históricamente usada por los pilotos kamikaze para no sentir miedo y, en la época de la película (1972-1980) la demanda tenía que ver, más allá de los pobres adictos, con las fabricas que requerían a trabajadores sin sueño.

Evidentemente, The Drug King presenta un contexto particular, en el que Corea del Sur pasó a ser el gran proveedor del llamado “crystal meth” de Japón. El desprecio de los surcoreanos hacia los nipones (hacerlos adictos al cristal es un “acto patriótico” para el protagonista), además de la “amenaza comunista” de sus vecinos del norte y otros momentos específicos de la historia surcoreana (i.e. el asesinato en 1979 del presidente Park Chung-hee), son parte de ese contexto único dentro del cine de gánsteres, el cual se entremezcla con otros elementos muchísimos más familiares.

Ahí está Lee Doo-sam, inicialmente humillado y traicionado por sus superiores, pero eventualmente con la visión suficiente para emprender un plan –equivalente a los de llevar droga de Sudamérica a Estados Unidos en películas y series como Caracortada (Scarface, 1983), Pájaros de verano (2018) y Narcos– que lo sube a un pedestal de donde la caída es inevitable. En este desarrollo por demás clásico, donde naturalmente aparece la ambición, el dinero, el poder y el ego, también caben los personajes arquetípicos del fiscal (Jo Jung-suk) que emprende la investigación que pretende dar con el capo del “crystal meth” y el de la amante (Bae Doona) cuya conquista representa tener el mundo a sus pies para el protagonista. 

Un filme con tintes épicos de poco más de dos horas de duración, y que se extiende a lo largo de casi una década, The Drug King se mueve rápido por diversas facetas, haciendo de su personaje central una especie de mezcla entre Walter White de Breaking Bad (el arte de cocinar metanfetamína se hace presente), Pablo Escobar (no sólo la ejecución del plan de producción y distribución de droga remite a la primera temporada de Narcos, sino que Lee Doo-sam llegó hasta las corruptas entrañas de la política y la élite surcoreana) y, por supuesto, Tony Montana.

En general menos violenta que cualquiera de las dos Caracortada –al estar enfocada en buena parte de su metraje a las negociaciones de Lee Doo-sam con una variedad de peces gordos–, The Drug King es, de cualquier forma, una heredera sobre todo de la versión de Brian De Palma con Al Pacino. “No subestimes la codicia del otro” y “no te drogues con tu propia mercancía” eran las reglas que Montana aprendía en la Caracortada ochentera y que, al mismo tiempo, revelaban su destino, idéntico al del protagonista de The Drug King (incluso Lee Doo-sam escucha de sus primeros socios la misma advertencia sobre no usar metanfetamínas).

La previsible caída del capo viene de la mano del malestar y las traiciones de los olvidados seres queridos (además de la esposa, Kim So-jin, ojo con el primo, interpretado por Kim Dae-myung, sin duda el personaje secundario con el desarrollo más contundente), reencuentros con socios pasados y, consecuentemente, violencia gansteril digna de Michael Corleone (ejecuciones múltiples) y del propio Tony Montana (el clímax tiene ecos de la icónica secuencia final de Caracortada). La mayor propuesta del filme de Woo Min-ho llega una vez que pasa de un enfoque a un panorama amplío, a la paranoica y demencial intimidad de un capo de la droga convertido en lo que solía contrastar con su vida de lujo: un simple yonqui arruinado. The Drug King no es una cinta revolucionaria dentro de su género, pero la transformación de Lee Doo-sam de un bonachón esposo y padre de familia, que bailaba gratamente al ritmo de Shocking Blue, en un capo codicioso, e irremediablemente adicto a su propia droga, no deja de brindar momentos notables.

Fantastic Fest 2018: Nicolas Pesce y su adaptación de la novela PIERCING

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Para su segundo largometraje, después de The Eyes of My Mother (2016), el joven director americano Nicolas Pesce decidió adaptar la novela Piercing, escrita por el japonés Ryu Murakami y publicada en 1994. 

La cinta del mismo nombre es protagonizada por Christopher Abbott y tiene, en definitiva, una de las secuencias iniciales más llamativas del año: Reed, el personaje de Abbott, es un hombre de familia bien educado que, de cualquier manera, está listo para matar a su propio hijo, sin embargo, su esposa lo interrumpe y su propia voz interior –proyectada a través de un bebé que habla– dice que debería asesinar a una prostituta. Rápidamente, decide continuar con este último plan, por lo que alquila una habitación y contrata a la trabajadora sexual Jackie (Mia Wasikowska), quien, para la sorpresa de Reed, resulta ser otra alma retorcida.

Piercing (2018) tuvo un par de funciones en Fantastic Fest, donde tuvimos la oportunidad de platicar con Pesce.

Cinema Inferno: ¿Por qué decidiste hacer una adaptación después de tu primer largometraje?

Nicolas Pesce: Descubrí a Murakami a través de Takashi Miike, quien dirigió Audición (Ôdishon, 1999) basada en un libro de Murakami. Así es cómo descubrí al autor, leí Piercing, me encantó, y encontré muchos elementos que realmente pensé que serían interesantes de explorar. Vi la oportunidad de hacer algo muy diferente a mi primera película. Me intrigó la idea de encontrar una historia con la que me identificaba, pero que yo no había generado, y de averiguar cómo tomar el material de origen, hacerlo mío, pero aún así tratar de permanecer fiel a su esencia.

Entonces, ¿cuál crees que era la esencia de la novela?

La esencia del libro, ante todo, es una interpretación de los thrillers sensuales americanos; en el libro es muy abierto y consciente a la hora de burlarse de Bajos instintos (Basic Instinct, 1992) y ese tipo de película. Pero debajo de eso, se trata de dos personas profundamente dañadas que piensan que quieren hacer daño pero realmente no lo hacen, y encuentran un poco de este amor extraño y retorcido, y una conexión, entre ellos. Así que es como una historia de amor pirada, ¿sabes? Esa fue realmente la esencia del libro para mí: estas dos personas dañadas que se encuentran. Estilísticamente le puse mi propio toque, pero sí, ese fue el lugar de partida.

Creo que cualquier película que comienza con un padre que intenta matar a su propio bebé, realmente te atrapa desde el principio…

Ese también es el inicio de la novela. Creo que la razón por la que te atrapa es porque creemos que como padre debes tener amor incondicional por tu hijo, pero ser padre no es necesariamente tan fácil y el personaje de la historia no puede librarse de estos pensamientos oscuros que está teniendo. Ver a alguien que se supone es el protector definitivo, ser la persona que potencialmente está poniendo en peligro al niño, es fascinante, pero también es un gran impulso para querer encontrar una manera de deshacerse de eso. El protagonista también sabe que es oscuro y no quiere ese sentimiento, por lo que la historia realmente trata sobre este hombre que intenta deshacerse de estos pensamientos, aunque no de la mejor manera: está planeando otro asesinato, pero al menos la víctima no es su hijo [risas].

Al mismo tiempo, es divertido, desde el principio con la voz del bebé y demás. El tono me recordó a Psicópata americano (American Psycho, 2000)…

Totalmente.

¿Cómo se equilibra ese tono con la historia de un psicópata?

Eso es parte de lo divertido de toda la película, tratar de hacer que esta historia realmente oscura y retorcida se sienta más divertida y juguetona, con un extraño sentido del humor. El libro tiene un sentido del humor muy extraño, pero vi muchas películas de Park Chan-wook, Bong Joon-ho y Takashi Miike, que tienen un sentido del humor negro, como si estuvieras viendo la cosa más horrible y aún así tienes una sonrisa en tu cara porque hay una punzada de alegría. Creo que gran parte del cine asiático, particularmente de género, hace cosas asombrosas de este tipo, híbridos que yuxtaponen sentimientos y emociones que no necesariamente deben ir juntas para un efecto impresionante. Me inspiraron mucho los cineastas que acabo de mencionar para intentar jugar con ese tono.

La película depende básicamente de los actores, hay pocas locaciones y sólo dos protagonistas. ¿Qué tan desafiante fue encontrar a las personas adecuadas para interpretar estos roles?

Siempre es una apuesta, especialmente en una película independiente, no tienes mucho tiempo, no tienes tiempo para ensayar. Chris, quien interpreta a Reed, era un amigo mío y, a menudo, participa en películas muy naturalistas, como un hombre ordinario. Quería darle algo que no era eso, algo totalmente diferente y que pudiera demostrar que él es más que eso. También por tener una relación personal con él, y saber que mucho de la película es sobre él, sabía que podríamos hacer ciertas cosas juntos.

Con Mia, ella entró en el proyecto poco tiempo antes de que filmáramos. Soy un admirador de su trabajo, creo que es una gran actriz, en cada película en la que participa, su estilo tan único impregna toda la película con su tono.

Lo último es esperar que los dos puedan trabajar juntos, los dos por su cuenta son grandiosos así que queda esperar a que tengan química, y creo que en ese punto dependes un poco de la suerte, ¿sabes? Fuimos afortunados porque estuvieron muy bien juntos y realmente se llevaban bien, se conectaron de inmediato y pudieron complementarse.

Ya hablaste sobre el personaje masculino, pero ¿qué pasa con el personaje masoquista femenino?

En la mayoría de las películas como esta, este tipo thrillers sexuales y psicópatas, el personaje femenino está ahí para ser una damisela en apuros, para salir desnuda o para ser asesinada de una manera realmente brutal. Esta película establece que aquí hay un tipo que quiere matar a una prostituta, por lo que piensas que la película se dirige a entregar todas esas cosas, pero no es así.

La belleza del personaje de Mia es que ella no se deja llevar por ninguno de esos clichés, no es una damisela en apuros, no deja que se aprovechen de ella, ni es asesinada; Jackie realmente es la que tiene todo el poder y la que se está divirtiendo con los juegos mentales.

Creo que el aspecto más divertido de esta película es que al inicio la audiencia tiene una expectativa muy clara de a dónde irá, y gracias a Jackie, ella te dice que no esperes nada porque no sabes de lo que es capaz, no sabes lo que hará. Eso alteró el rol femenino en este tipo de película, eso fue importante e interesante para mí.