Podcast #31: THE AMUSEMENT PARK, EL VIAJE y UN HOMBRE LOBO ENTRE NOSOTROS

Presentamos una serie de podcasts con motivo de la época de Halloween y Día de Muertos. El tercero está dedicado a tres películas de género disponibles actualmente en plataformas de streaming: The Amusement Park (1975) de George A. Romero (Cinépolis Klic, como parte de Mórbido Fest 2021), El viaje (I onde dager, 2021) de Tommy Wirkola (Netflix) y Un hombre lobo entre nosotros (Werewolves Within, 2021) de Josh Ruben (Amazon Prime).

El podcast #31 de Cinema Inferno cuenta con la participación de:

Vico Culell – Titular del canal de YouTube Cine con Vico Culell, que todo tipo de cine: desde los blockbusters hasta el cine más raro.

Eric Ortiz García – Periodista (Cinema Inferno, Screen Anarchy) y profesor de cine (FES Aragón UNAM). Colaborador de Radio Mórbido.

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Fantasia 2021: LA NOCHE DEL TERROR CIEGO, los imponentes caballeros satánicos de Amando de Ossorio

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

El choque entre modernidad y antigüedad es uno de los temas por excelencia del cine de terror, usualmente el pensamiento mágico y sobrenatural del pasado no tiene cabida en el presente. Los creyentes son vistos como supersticiosos. 

En La noche del terror ciego (1972), también conocida como Tombs of the Blind Dead, Berzano es un pueblo medieval abandonado, cerca de la frontera entre Portugal y España. Al escuchar el nombre de Berzano, muchos piensan en historias perturbadoras que otros tantos desestiman como mitos.

Los protagonistas de la película, dirigida por el español Amando de Ossorio, son tres jóvenes provenientes de Lisboa que han decidido hacer un viaje recreativo al campo. Virginia (María Elena Arpón) y Elizabeth (Lone Fleming) son antiguas compañeras de escuela que casualmente se reencuentran en un hotel en la playa; Roger (César Burner) es amigo de Virginia y quien idea viajar en tren al campo. El pasado entre las jóvenes (tuvieron una relación lésbica en el internado) provoca que una incómoda Virginia abandone el tren abruptamente. Hay una razón por la que el viejo conductor no detiene el tren: la joven descendió cerca de Berzano.

Ossorio aprovecha el pueblo para construir una gran atmósfera, que contrasta con las demás locaciones de su película. Una de las mejores secuencias es prácticamente silente: inicia con una solitaria Virginia explorando el pueblo hasta que decide prender una fogata para pasar la noche leyendo y escuchando su radio. Con el tañido de unas campanas, en el cementerio se erigen los cadáveres de unos caballeros medievales. La presencia de estos antagonistas es genuinamente imponente, aterradora: cadáveres encapuchados a caballo –también encapuchados–, que sin prisa alguna convierten a la protagonista en su nueva víctima. Es una secuencia hipnotizante, una de las grandes presentaciones de personajes horríficos. 

La influencia de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968), de George A. Romero, es evidente en De Ossorio. Tras la primera aparición de los guerreros, una de las subtramas se desarrolla bajo la lógica del cine de zombies: el cadáver de su víctima –cuya apariencia remite a la criatura de Frankenstein por sus heridas “cosidas”– eventualmente resucita para causar terror a mordidas, compartiendo pantalla con el disparatado encargado de la morgue y con la asistente de Elizabeth en un taller de maniquíes ubicado cerca del depósito de cadáveres.

No obstante, el verdadero núcleo de La noche del terror ciego está conectado con el terror satánico medieval. El trasfondo de los caballeros es anecdótico (ritos de sacrificio buscando la inmortalidad y un castigo mortal cortesía de la Iglesia) pero emblemático, el viaje al medievo significa uno de los momentos más brutales de la cinta: una mujer es atacada con espadas, luego los caballeros devoran la sangre de sus heridas. Y no será el único momento controvertido: cerca del final, un personaje secundario –un contrabandista falsamente acusado por la policía de las acciones de los “caballeros zombie”– abusa sexualmente de la eventual “final girl” Elizabeth, una escena de desarrollo desconcertante que se antoja gratuita. 

Lo mejor de La noche del terror ciego son sus antagonistas sin ojos –incluso hay un pequeño pero destacado momento que hace énfasis en su sentido del oído: cómo en el silencio escuchan los latidos de sus potenciales víctimas–. De Ossorio potencializa su impacto cinematográfico mediante un score atmosférico y usando el ralentí de la cámara cuando van a caballo. Tras un brutal desenlace, en el que el terror sale de Berzano con rumbo a la modernidad, no quedan dudas de porqué los memorables caballeros volvieron a aparecer en la filmografía del director: El ataque de los muertos sin ojos (1973), El buque maldito (1974) y La noche de las gaviotas (1975). 

Es necesario añadir que la versión de La noche del terror ciego vista en el Fantasia International Film Festival es la nueva restauración realizada por Synapse a partir del negativo original. El Blu-ray con esta prístina versión todavía no tiene fecha de lanzamiento.

Cannes 2019: THE DEAD DON’T DIE, divertida y autocomplaciente

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Un subgénero del terror tan clásico como el de los zombies tiene, ciertamente, diversas reglas concretas. Esto es algo que el cineasta americano Jim Jarmusch entiende a la perfección como evidente seguidor del terror clásico en general: de George A. Romero y John Carpenter hasta llegar al Nosferatu (1922), de F.W. Murnau.

Tras explorar el mito de los vampiros en Sólo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, 2013), Jarmusch ahora aborda el apocalipsis zombie en The Dead Don’t Die (2019), consciente de los pasos que una cinta de este subgénero tiene que seguir. En ese sentido, Jarmusch no pretende cambiar su gastada estructura, haciendo énfasis, por ejemplo, en el origen del fin del mundo y de otros sucesos extraños (que en este caso tienen que ver con el fracking polar y la desviación del eje de la Tierra), y en las bien conocidas características del muerto viviente: continúan sintiendo atracción por lo que disfrutaban cuando estaban vivos y, para eliminarlos, no hay de otra más que atacar su cabeza.

Es en lo reiterativo de las cintas de zombies donde Jarmusch encuentra su disfrute, inyectando un constante tono absurdo que lleva a geniales momentos cómicos, de la mano de, sobre todo, los oficiales del pueblo americano de Centerville, interpretados por Bill Murray y Adam Driver; y una Tilda Swinton memorable, como la extraña extranjera que atiende la funeraria local y que tiene un gusto por la cultura japonesa (es experta en manejar las espadas samuráis).

Con una cinta como Ghost Dog: El camino del samurái (Ghost Dog: The Way of the Samurai, 1999) en mente, es obvio que más allá de las convenciones del género, The Dead Don’t Die, así como en su momento Sólo los amantes sobreviven, tiene el sello del autor. Mientras que conocemos a otros habitantes del tranquilo pueblo –de un seguidor de Donald Trump (Steve Buscemi), un hermitaño estrafalario (Tom Waits), un empleado de una tienda de servicios y aficionado al terror (Caleb Landry Jones) a un grupo de niños que están en una correcional (estos últimos notables por su truncado arco narrativo)–, también caben las referencias usuales del cineasta a la cultura fílmica, literaria y musical.

Pero en esta ocasión, guiños a Zelda Fitzgerald o a Herman Melville, además de los más obvios si pensamos que se trata de un filme de zombies (el influyente Romero siempre en la mente de Jarmusch) vienen acompañados de metaficción y, muy probablemente, del Jarmusch más autorreferencial hasta ahora. The Dead Don’t Die cumple siempre como una cinta dentro del subgénero única (basta decir que Swinton usa esa espada samurái para decapitar muertos vivientes, o que el humor absurdo no para), pero incluso se siente como una rareza aún si conocemos la filmografía de Jarmusch (en particular el desenlace del personaje de Swinton es desconcertante).

Tan autocomplaciente como pesimista, Jarmusch parece cada vez más interesado en exponer que, como dice el personaje de Tom Hiddleston en Sólo los amantes sobreviven, la sociedad moderna está plagada de zombies adictos al Wi-Fi y, en general, a lo material y superficial. Valiosa pero no llega inmediatamente a lo más destacado de este genial cineasta (donde sí se encuentran sus dos anteriores filmes, Sólo los amantes sobreviven y Paterson).

Texto publicado originalmente en Chilango.

Fantastic Fest 2018: ONE CUT OF THE DEAD, una de las películas más divertidas del año

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Películas de zombies recientes (como el díptico surcoreano Estación Zombie: Tren a Busan y Estación Zombie: Seúl, la propuesta india Miruthan, la divertida producción americana de bajo presupuesto The Battery y, en menor medida, la británica Melanie Apocalipsis Zombi), han confirmado lo dicho por George A. Romero en su clase magistral de 2012 en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF, por sus siglas en inglés): subgéneros tan gastados como el de los zombies o vampiros requieren “algo diferente, como Déjame entrar (Låt den rätte komma in, 2008) que tenía algo particular en su alma, a diferencia del resto de basura sobre vampiros”.

La japonesa One Cut of the Dead (Kamera wo tomeruna!, 2017) es otra cinta de zombies que, desde su título, hace referencia al trabajo del mencionado padre de este subgénero. Naturalmente, como espectadores buscamos desde el primer minuto esos elementos distintos que convencieron al director, Shinichiro Ueda, de realizar a estas alturas un filme de muertos vivientes más. Es evidente que Ueda es un cineasta consciente y, de hecho, la primera escena de One Cut of the Dead hace que reconozcamos una particularidad: aquí existe una película de zombies dentro de la película.

Higurashi (Takayuki Hamatsu) es un director cuyo ídolo bien podría ser Stanley Kubrick porque tras 42 tomas sigue sin estar satisfecho con una escena de su filme de zombies: en la que una joven mujer (Yuzuki Akiyama) es atacada por un muerto viviente (Kazuaki Nagaya), dentro de lo que parece ser una fabrica abandonada. Luego de que Higurashi explota porque, según él, su actriz no logra una interpretación genuina, el crew se toma un descanso para replantear las cosas, al tiempo que el director decide llevar a cabo su plan maestro: ejecutar un conjuro en su estratégica locación para que los zombies dejen de ser meros actores con maquillaje.

Los primeros 40 minutos de One Cut of the Dead son un tanto desconcertantes. Lo que tenemos es, esencialmente, una película de supervivencia filmada con cámara en mano, en primera persona, y sin ningún corte obvio. Potenciales víctimas –los actores y el crew tratando de mantenerse con vida ante la aparición de algunos zombies reales es un escenario por demás convencional. Por otra parte, entre los momentos que llaman la atención están los divertidos chispazos que remiten a Vamos a jugar al infierno (Jigoku de naze warui, 2013), de Sion Sono, con el director Higurashi filmando para aprovechar que (¡por fin!) los zombies y las actuaciones son auténticas, pero sobre todo destacan aquellos que no tienen mucho sentido. ¿Por qué sólo en una escena Higurashi rompe la cuarta pared y le habla al camarógrafo? ¿Por qué la actriz principal choca con la cámara y la tira? ¿Por qué hay secuencias repetitivas y otras que de plano parecen no tener razón de ser? A pesar de ingredientes prometedores y una valiosa labor técnica con el plano secuencia, ¿por qué el resultado final no tiene la chispa ni la fuerza de una grandiosa cinta de zombies? La respuesta es simple: la verdadera One Cut of the Dead aún no ha comenzado…

Sería un error revelar en este texto los detalles sobre el cambio de rumbo que One Cut of the Dead toma casi al llegar a la mitad de su metraje. Basta decir que Shinichiro Ueda creó una mirada sumamente hilarante al quehacer cinematográfico, particularmente cuando se cumple la ley de Murphy y todo lo malo que puede suceder (en una filmación), sucede. Asimismo, Ueda le rinde un merecido y sentido homenaje a todos esos “soldados” del cine, de los camarógrafos, los encargados de los efectos prácticos, a los asistentes, que siempre están “al pie del cañón” para sobreponerse a cualquier adversidad y que su profesionalidad se refleje en pantalla.

One Cut of the Dead podrá comenzar con un director que piensa demasiado su película de género, sin embargo termina poniendo los reflectores en los cineastas pragmáticos, los “obreros” fílmicos, quienes a pesar de tener que lidiar con presupuestos y tiempo limitado, actores con requerimientos especiales, e inimaginables infortunios, entregan un producto de entretenimiento cuya calidad puede cuestionarse pero nunca la integridad detrás. Así, One Cut of the Dead logra salirse por completo de las convenciones del subgénero de zombies –alejándose también de cualquier tipo de expectativa que tuvimos tras conocer su escenario inicial–, celebra el cine de guerrilla y se convierte en una de las películas más divertidas, sorpresivas y satisfactorias del año.