Fantasia 2020: CLAPBOARD JUNGLE, luchando por el sueño cinematográfico

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

“Es un milagro cada que un filme logra realizarse, ¡un milagro! Es un milagro hacer cada escena, nunca es menos que eso, nunca deja de ser difícil” – Paul Thomas Anderson

Justin McConnell, como muchos otros, comenzó a soñar con tener una carrera en la industria del cine a muy temprana edad. Específicamente su generación, la que creció en los años noventa, parecía ser imparable. La tecnología llegó a un punto en el que no tenías que ser rico para comprar una cámara de video. Abundaban las historias de personas de la clase trabajadora triunfando en Hollywood, las suficientes como para sentir que tú también podías lograrlo, sin importar que, como McConnell, vivieras en una pequeña ciudad canadiense y no tuvieras ningún contacto en la industria. McConnell soñaba con ser el siguiente Quentin Tarantino, Kevin Smith o cualquier otro cineasta “indie” que el festival de Sundance catapultó a Hollywood. Sin embargo, su destino fue diferente.

Su documental, Clapboard Jungle (2020), tiene como hilo conductor su propio viaje, lleno de contratiempos y momentos esperanzadores. Inicia en 2014, cuando el director, tras muchos años en el medio persiguiendo el mismo objetivo, seguía sin poder dar ese salto importante. Luego de filmar ficciones y documentales de muy bajo presupuesto sin mucha trascendencia, McConnell batalló para levantar sus proyectos más grandes. 

En Clapboard Jungle, lo seguimos en diferentes etapas: mientras desarrolla sus guiones, asiste a mercados de industria y festivales, su renovado entusiasmo y la continua aparición de malas noticias. McDonnell aprovecha y, más allá de compartir su propia lucha, abre la conversación en torno al cine, aprovechando al máximo un roster de “cabezas parlantes” –desde los consolidados como el mexicano Guillermo del Toro, los veteranos retirados como Sam Firstenberg (director de la gloriosa época ochentera de Cannon), hasta todo el mundillo actual del cine de género independiente (cameos de Gigi Saul Guerrero y Abraham Castillo Flores, programador de Mórbido Fest, incluidos)–. 

Documentales anteriores han abordado el mismo tema, retratos honestos que buscan dejar atrás el mito para enfrentar la difícil realidad de la industria fílmica. Remite, por ejemplo, a los constantes esfuerzos de Lloyd Kaufman, líder de Troma Entertainment (y uno de los entrevistados de McConnell), quien lleva años escribiendo libros y produciendo materiales con el objetivo de que los soñadores tengan los pies sobre la tierra, conozcan de primera mano los retos inherentes al medio, al mismo tiempo que se inspiran para continuar adelante pero de manera realista. 

Clapboard Jungle se siente como la más reciente actualización de este tipo de documental, captura un momento específico (y complejo) de la industria cinematográfica antes de la pandemia de la COVID-19. Caracterizado por la consolidación del streaming y la decreciente afluencia a las salas, la saturación de “contenido” y la crisis económica. Como nos dijo en entrevista Lloyd Kaufman: “en el mundo digital puedes hacer una película por menos dinero. El problema es: ¿cómo vives de tu arte?” 

McConnell siempre encontró impulso ante la adversidad, esto lo llevó a realizar Lifechanger (2018), su primer filme de presupuesto considerable. Una propuesta notable, entre el drama existencial y el body horror, sobre una entidad misteriosa que va de persona en persona, arrebatándoles la vida para tomar posesión de su cuerpo y recuerdos, al tiempo que no puede dejar de pensar en la mujer a la que ama. 

Si Lifechanger fue el proyecto que le abrió más puertas a McConnell, Clapboard Jungle nos motiva e invita a seguir peleando por aquello que queremos. Tras su presentación en el Fantasia International Film Festival, Cinema Inferno charló con el realizador.

Cinema Inferno: El documental refleja la época del cine indie que salía desde Sundance y las historias sobre los tipos de clase trabajadora que se convertían en cineastas rockstars. ¿Crees que estos relatos tuvieron un impacto positivo o negativo para tu generación?

Justin McConnell: Es una pregunta complicada. Creo que fue tan bueno como malo. Bueno, porque empoderó a una generación entera de gente joven para que realmente lucharan por sus sueños en el cine, entonces hay un montón de talento que ha tratado de tener una carrera desde entonces. Algunos han tenido éxito de verdad. Trajo de vuelta el espíritu del autor a la escena independiente, el efecto todavía se siente hoy. 

El lado negativo del asunto es que una ola de cineastas, en conjunto con equipo barato y la democratización de las plataformas de distribución, ha provocado una saturación de contenido. Más contenido del que es posible ver. Entonces ahora todos quieren ser cineastas, mucha gente se siente empoderada, pero es imposible mirar todos esos filmes. Muchos simplemente pasan desapercibidos. 

Esa época hizo sexy el quehacer cinematográfico, la idea del cineasta como un rockstar emergente, y sin duda esto es atractivo. Pero también resulta en mucha gente que persigue la fama en lugar de la habilidad para contar buenas historias. 

Como muchas cosas, supongo que no es ni bueno ni malo. Ciertamente tuvo un impacto. 

Tu documental abrirá los ojos de muchos jóvenes que aspiran a ser cineastas sobre la realidad de la industria, como en su momento lo hizo el trabajo de Robert Rodriguez y Lloyd Kaufman. ¿Tuviste alguna fuente de inspiración similar cuando eras joven? 

Acabas de mencionar un par. Leí todos los libros de Lloyd y también el libro de Robert Rodriguez. También cosas como Painting with Light y el libro de Walter Murch. Recuerdo amar un libro llamado The Writer Got Screwed (But Didn’t Have To). Aunque principalmente veía muchos documentales del detrás de cámaras, películas sobre cine, leía Fangoria, los sitios de fans del cine que fueron lanzados a finales de los noventa y principios del nuevo milenio y un montón de biografías de cineastas. 

Es un documental personal, muestras tu propio trayecto y lucha. ¿En qué momento decidiste compartir tu historia?

Desde el comienzo tomé esa decisión. Necesitaba un arco narrativo para realizar un documental, más allá de las “cabezas parlantes”, y pronto me di cuenta que yo mismo era el único protagonista que podía usar… por necesidades económicas. No podía gastar un gran pedazo de mi vida para seguir a alguien más. Sabía que podía diseñar la logística de producción si lo hacía personal y enfocado en mí, así que tomé ese rumbo. Una vez que empecé me di cuenta que la única manera de hacerlo correctamente era ser honesto, con todas las imperfecciones. Me vi a mí mismo como si fuera un avatar para la audiencia. 

Hubo una reseña del filme que hablaba de cómo parezco Tribilín en una de esas viejas caricaturas sobre cómo jugar béisbol. Soy el protagonista torpe que comete errores al principio pero luego me corrigen aquellos con conocimiento de lo que es correcto. Creo que es una metáfora apropiada de cómo veo mi rol en el filme. Soy el esqueleto emocional al que se le agrega la carne (las entrevistas). 

¿Cuál fue el principal aprendizaje que te dejó entrevistar a tantas personalidades?

Muchos de ellos no se dieron cuenta que eran exitosos y que sus filmes habían tenido un gran impacto hasta mucho tiempo después de hacerlos. Especialmente los cineastas mayores que emergieron en el boom inicial del video en los años ochenta y noventa. Ellos mencionan seguido cómo no se dieron cuenta que uno de sus filmes tenía un legado importante y una base de seguidores, hasta décadas después. 

Eso me ayudó a poner las cosas en perspectiva. En la actualidad vivimos en un mundo de gratificación instantánea. Con las redes sociales puedes postear algo y obtener respuestas, opiniones, likes y demás de manera inmediata. La cultura de los influencers está construida alrededor del golpe instantáneo de dopamina de la aprobación y valoración. No obstante, para la gente a la que idolatré mientras crecía, esa no era su realidad. Ni de cerca. Me consuela el hecho de que no sabré si mi trabajo sobrevive, es recordado, o es influyente, hasta que sea mucho más viejo. Entonces por ahora simplemente tengo que guiarme por mi instinto y hacer las cosas que realmente me importan, darlo todo, porque eso es lo único que está a mi alcance  en este momento.

¿Cuál es la característica más especial, en específico, del cine de género e independiente que retratas?

Para mí es una comunidad. Las caras son familiares porque son parte de un movimiento en el cine de género que es de este momento. Es un ambiente social diferente pero algunas de estas personas terminarán con un legado que impactará a toda la industria. La escena del cine de género en festivales y mercados de industria, más o menos, se siente hoy como debió sentirse en la región de la bahía de San Francisco cuando emergió la escena del trash metal. 

Estamos en un momento importante de transición en la industria del cine. Todos los que destacan hoy en el circuito del cine de género son pioneros de este cambio. Simplemente no tenemos idea de lo que significará a la larga. Ciertamente, es grandioso tener amigos de todo el mundo, cada uno en una etapa diferente de la misma misión. La mayoría lo están haciendo por las razones correctas. Es un mundo fuera del sistema de Hollywood. Por más que sea difícil, para muchos es próspero. 

El documental es positivo y busca inspirarnos, no sólo a los cineastas, para seguir tratando de cumplir nuestras metas. ¿Qué tan importante era comunicar este mensaje? 

Probablemente fue lo más importante que quise inculcar. Quería un documental honesto, franco sobre las probabilidades, pero, al final del día, busqué que la gente terminara revitalizada y motivada. La intención fue fungir, al mismo tiempo, como un baño de realidad y como un discurso motivacional. 

La industria del cine está mutando constantemente. Tomando en cuenta que la pandemia de la COVID-19 está marcando un antes y después, ¿cómo te sientes al pensar en el presente y futuro cercano de la industria fílmica?

Me siento inseguro. Habrá cine mientras tengamos electricidad y gente que quiera contar historias. Pero el estado de la industria está por verse. 

La situación antes de la COVID-19 ya era turbulenta, ahora con las producciones deteniéndose y la gente obligada a ajustar sus planes, es indeterminado. Pienso que será cosa de mantenerte alerta y adaptarse, no cometer el error de aferrarte al pasado y de señalar las cosas como eran, porque esas maneras se han ido. Lo que vendrá está tomando forma, tendrá que ser aceptado y estar basado en nuevos rumbos.

Fantasia 2020: HAIL TO THE DEADITES, para fans de EL DESPERTAR DEL DIABLO y Bruce Campbell

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

El término “cine de culto” se ha malbaratado en el últimos años, haciendo difícil identificar las películas que genuinamente entran en dicha categoría. Esas producciones que se salieron de la norma dictada por el mainstream, que al verlas provocan un sentimiento tan especial que apreciarlas es como unirte a un club secreto. 

Otra característica importante de los exponentes del cine de culto es que cuando se estrenaron originalmente no tuvieron un gran éxito comercial o con la crítica. Se convirtieron en los fenómenos de culto que son en la actualidad gracias a esos contados pero sumamente dedicados fans, que de boca en boca contagiaron su fascinación por algo que consideraban notable y único. El mercado en video, por ejemplo,  impulsó a El despertar del diablo (The Evil Dead, 1981) y sus secuelas El despertar del diablo 2 (Evil Dead II, 1987) y El guerrero de las sombras (Army of Darkness, 1992), todas dirigidas por Sam Raimi y protagonizadas por Bruce Campbell, y hoy son parte integral de la cultura popular.

Una vez que alguna obra de arte es publicada deja de pertenecer a su creador. El cine de culto provoca una pasión en los fans tan grande que muchos de ellos construyen su identidad alrededor de su conexión emocional con las películas. Los fans pasan de disfrutar las imágenes en movimiento a formar comunidades y lazos esenciales para su vida. 

El documental canadiense Hail to the Deadites (2020) es un acercamiento a la comunidad de seguidores acérrimos de El despertar del diablo, quiénes son conocidos como “deadites”. Es reminiscente de otro exponente canadiense del género documental, Why Horror? (2014), porque aquí también hay un fan que decide hacer un viaje de investigación. En este caso se trata del propio director, Steve Villeneuve, quien en 2013 se dispuso a conocer a fans mucho más hardcore que él, empezando por una mujer joven que ganó un concurso para encontrar al mejor seguidor de El despertador del diablo, en la época de su remake: Posesión infernal (Evil Dead, 2013). Junto a uno de sus amigos, otro “deadite” canadiense, Villeneuve emprendió una travesía con la misión de acercarse tanto a los creadores de la franquicia como a otros devotos.

Hail to the Deadites anuncia al principio que todo lo que veremos durante su metraje fue realizado por fans. Es un documental evidentemente de muy bajo presupuesto, un esfuerzo independiente que decepcionará a quienes esperan el documental “definitivo” de la franquicia o algo “oficial”. Vamos, no tiene ninguna escena de las originales. Seguro fue un asunto de derechos, sin embargo, Villeneuve lo compensa con un concepto DIY e “ilustra” su documental con material de archivo derivado de los filmes de Raimi: un video que resume la trama producido por Luchagore (Evil Dead in 60 Seconds, co-dirigido y co-protagonizado por Gigi Saul Guerrero), fragmentos del claymation gore de Lee Hardcastle y grabaciones de la obra de teatro musical, entre otros homenajes similares. 

Hail to the Deadites tiene pasajes que remiten a un documental más tradicional, con “caras parlantes” (entrevistados como los ex editores de Fangoria, Michael Gingold y Chris Alexander) que diseccionan las películas y el subsecuente fenómeno de culto. Cuando se traen a la mesa temas en este tenor –¿por qué la original fue un parteaguas del cine de terror independiente? ¿Qué hizo destacar a sus efectos especiales? ¿Por qué el protagonista Ash conecta con tantas personas? ¿Cómo fue la evolución del terror a la aventura fantástica y cómica de El guerrero de las sombras?–, sin duda se asoma un valioso análisis fílmico. No obstante, este no es el objetivo central del documental.

Villeneuve está más interesado en el fanatismo, en conocer las historias que tienen para contar un grupo variado de “deadites”, desde los que vieron primero El despertar del diablo 2 o El guerrero de las sombras, los que hacen cosplay de Ash, los coleccionistas incurables (de Laser Discs especiales, juguetes y props originales), los que viajan para conocer a los actores y al crew, hasta aquellos con historias emocionales ligadas a El despertar del diablo y sus secuelas. 

Es un esfuerzo realizado con pocos recursos, por ende mucho del pietaje proviene de visitas a las casas de los fieles y convenciones, donde Villeneuve aprovechó para entrevistar a personalidades involucradas con la franquicia como Bill Moseley, Ted Raimi, Tom Sullivan y varios de los actores (un recurso que igualmente usó Lisa Downs en el documental Life After Flash). La realidad es que esta colección de retratos “deadites” es desigual en el interés que provoca, se vuelve un tanto repetitiva porque los miembros de ambas facciones (los creadores y los fans) manifiestan sentimientos similares: los artistas y su sorpresa ante el éxito de El despertar del diablo que no dejan de valorar, mientras que los “deadites” no paran de expresar su amor por estas películas y lo feliz que los hace sentirse más cercanos a ellas.

El núcleo de Hail to the Deadites está en esos momentos que rompen la división natural entre ambas facciones antes mencionadas. La entrevista más destacada es con el mismísimo Bruce Campbell (de Sam Raimi ni un rastro). El actor es un tipo carismático y honesto (“los fans suelen tener problemas para socializar, ¡no pueden ni verme a los ojos!”), dueño de un humor sarcástico y de una amabilidad irrefutable (como lo demuestran sus acciones en pantalla). Campbell entiende a la perfección a los fans (él mismo se revela como fiel admirador de William Shatner y Steve McQueen), sabe de primera mano que su arte ha cambiado vidas y significa todo para muchas personas. 

Hail to the Deadites lo intenta, trata de establecer hilos conductores (como un fan que hace cosplay de Ash, pero no tiene dinero para viajar a conocer a su ídolo) y testimonios conmovedores (un hombre cuyo bebé, de nombre Ash, dah, no pudo vencer una terrible enfermedad). Luego escuchamos anécdotas de ellos que revelan a Campbell como un tipazo. 

El proyecto se queda corto en su intento por representar esa emoción en pantalla, como sí lo han logrado otros documentales que comparten su ADN, ya sea Buscando a Sugar Man (Searching for Sugar Man, 2012) o, más reciente, Desenterrado Sad Hill (2017). 

Este es un trabajo de “deadites” exclusivamente para otros “deadites”.