Sundance 2021: CENSOR, el peligro de confundir ficción con realidad

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Uno de los argumentos más usados para despreciar el cine de terror y géneros afines –en sus vertientes más violentas y explícitas– es que estos pueden inspirar atrocidades en la vida real. Es un pensamiento tan viejo como los filmes con Lon Chaney y se mantiene vigente hasta nuestros días: basta recordar toda la controversia generada por el Guasón (Joker, 2019) y el remake Deseo de matar (Death Wish, 2018) antes de sus estrenos.

Si hablamos de medidas extremas contra películas extremas, lo sucedido en Reino Unido durante los años de Margaret Tatcher es fundamental. La explosión en los ochenta del mercado del video cambió para siempre la manera de ver cine. “Los niños pueden rebobinar y mirar esas escenas una y otra vez”, afirma un personaje en Censor (2021), película ambientada precisamente en esos años, cuando 72 títulos en video, llamados video nasties, provocaron histeria colectiva y una dura censura. 

Censor, primer largometraje de la británica Prano Bailey-Bond, se une a la larga tradición del cine sobre cine, esta vez desde un punto de vista muy particular: el de los censores. Enid (Niamh Algar) es responsable de decidir qué imágenes deben ser cortadas en algún slasher, cinta de caníbales o, dependiendo del caso, si deben ser prohibidas. No todos sus compañeros son tan estrictos como ella, uno, por ejemplo, cita Un perro andaluz (Un chien andalou, 1929) para defender una escena donde le sacan el ojo a alguien, Enid quiere removerla sí o sí. Tampoco nos confundamos, ella siempre trata de hacer su trabajo de la mejor manera, con responsabilidad y objetividad. Es evidente que este tipo de cine, usualmente realizado por hombres y con mujeres como las principales víctimas, no es de su agrado. Esto no significa que quiera censurar todo, irónicamente les dice “obras maestras”. Su seriedad le permite diferencia entre el gore over-the-top y la violencia más realista. 

Enid no puede superar un trauma de su pasado: cuando era niña, su hermana Nina desapareció mientras paseaban en un bosque. Enid sufrió amnesia, impidiendo que pudiera aportar a la recapitulación de los hechos. Ante el estancamiento del caso, sus padres decidieron dejar de esperar un milagroso final feliz, resignados a que nunca más volverán a ver a Nina. Cuando reciben el recién emitido certificado de muerte, los papás toman la oportunidad de seguir adelante aún cuando Enid no está dispuesta a aceptar el funesto final. La culpa agobia a la protagonista. 

Censor explora ese momento cuando la ficción afecta la realidad… al menos en apariencia. Aunque Enid no es cineasta, es señalada como una de las responsables cuando la histeria crece porque la prensa conecta las características de un crimen real con una de las películas de terror dentro de la película: Deranged, notoria por una secuencia donde un asesino se come la cara de su víctima, escena aprobada por Enid y otro compañero. 

Courtesy of Sundance Institute.

Asimismo, el duro pasado de la protagonista controla cada vez más su cabeza. La realidad le recuerda su tragedia: el asesino supuestamente inspirado por Deranged declara tener amnesia y, ante el escándalo, vuelve a ser presa de la culpa. La ficción evoca a su hermana: otro filme dentro del filme, Don’t Go in the Church, parece estar directamente basado en la desaparición de Nina. Ni qué decir cuando en plan detectivesco descubre Asunder, un video nasty prohibido que comparte director con Don’t Go in the Church, en el que aparece una actriz parecida a su hermana.

Censor crea su propia mitología. Mezcla películas reales –por ejemplo, secuencias de The Driller Killer (1979), firmada por Abel Ferrara– con títulos ficticios: Cannibal Carnage, una cinta prohibida que las tiendas de video rentan clandestinamente (hay una interacción entre Enid y un vendedor sumamente divertida) deriva del subgénero italiano liderado por Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, 1980). Estos detalles hacen que el gusto de la directora por el cine de género de aquella época sea notorio. Se disfruta bastante. 

Como otras películas contemporáneas similares –La daga en el corazón (Un couteau dans le coeur, 2018), por mencionar una–, Censor bebe del cine de género al que hace referencia, en específico del estilo del giallo. Secuencias oníricas y colores saturados representan en pantalla la mente de Enid y su espiral descendente. Censor intercala la realidad con lo onírico, rayando en lo pesadillesco, jugando con el vínculo entre lo real y lo ficticio. 

La película explora cómo su protagonista se adentra más y más tanto al mundo de los video nasties (conoce a un productor, “actúa” en la secuela de Don’t Go in the Church), como a la violencia y al terror real. Censor no cae en el sinsentido, todo está ligado a un trauma personal –y a su convencimiento de que los creadores de Don’t Go in the Church son verdaderos criminales– que desemboca en el delirio.

La realidad y la ficción, por más que tengan nexos innegables, no son lo mismo. Censor lo remarca en varias ocasiones –de manera similar a la canadiense Deadline (1980)–. Por ahí escuchamos que el asesino amnésico ¡ni conocía el video nasty Deranged! En su memorable y brutal clímax, la separación se remarca por el cambio en la relación de aspecto de las imágenes. En ese momento Enid ya no distingue. Y cuando finalmente parece despertar de ese “trance”, ella prefiere la ficción sobre los horrores de la realidad e imaginarse como una vengativa heroína de película. Prefiere el final milagrosamente feliz. Incluso creer que la demonización de los video nasties funcionó, que todos fueron prohibidos y, consecuentemente, los males de la sociedad británica erradicados. Su última fantasía es un comentario punzante y satírico que funciona para aquella época… y nuestra actualidad.

Censor ha puesto la vara en alto, veremos qué más ofrece el cine de género en la edición 2021 del Festival Internacional de Cine de Sundance.

Nightstream 2020: DEADLINE, mordaz exploración al cine de terror

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

De las compañías dedicadas a rescatar cine de género y comercializarlo en excelentes ediciones especiales en Blu-ray, Vinegar Syndrome (VS) es probablemente la que “desentierra” las películas más desconocidas. El pasado 28 de abril del presente año, lanzaron al mercado el Blu-ray/DVD del filme canadiense Deadline (1980), dirigido por Mario Azzopardi y ahora incluido en la sección Nightstream Retro del festival virtual. 

Hay un gran número de películas maravillosas sobre el quehacer cinematográfico. Deadline podría insertarse como una de las definitivas de esa categoría. Quizá la obra definitiva sobre la creación del cine de terror y su controversial naturaleza. Presentada por Nightstream como un exponente del Canuxploitation (explotación producida en Canadá), Deadline tiene como protagonista a Steven Lessey (Stephen Young), un antiguo profesor universitario convertido en un escritor y guionista de cine sumamente exitoso, aunque su trabajo, perteneciente al género del terror, suele tener férreos detractores. 

Deadline es una película poco convencional, profunda en sus ideas y con una narrativa un tanto episódica. Es un marcado estudio de personaje, conocemos tanto la vida profesional como personal de Steven, quien no pasa por su mejor momento. Su trabajo está estancado, el clásico productor fílmico (Marvin Goldhar) que prioriza los billetes por encima de cualquier tipo de evolución artística, obviamente busca que nuestro protagonista siga con la fórmula probada. Presionado por terminar su nuevo guión, de lo contrario se meterá en problemas legales, Steven trata de llenar páginas con material terrorífico pero nada parece satisfacerlo. Cuando deja la máquina de escribir para checar cómo va la nunsploitation (cine con monjas) que están filmando basada en su guión, su actitud es cínica. Particularmente cuando la actriz principal (Jeannie Elias) revela tener aires de grandeza. Steven, como le sucede a muchos obreros cinematográficos en la vida real, reniega de su propio trabajo.

Deadline es una fascinante reflexión sobre un género que nunca será para todos, un género que desde la época de Lon Chaney y London After Midnight (1927), del slasher, del torture porn, hasta nuestros tiempos, suele ser tachado de inmoral y peligroso para la sociedad. Basta recordar a cierto influencer mexicano que dijo, este año, que los directores de cine gore son asesinos en potencia. 

Deadline es deliberadamente excesiva, esos pasajes que retratan las ideas de Steven o que son películas dentro de la película, permiten a Azzopardi regocijarse con la faceta más violenta y retorcida del género. Una cabra asesina, casi burlona, con poderes telepáticos; una mujer que se ahoga en una bañera inundada por la sangre; unos niños atando en una cama a su abuela y quemándola viva; unas monjas que se comen los órganos de un sacerdote; y hasta un grupo de rock emitiendo un sonido mortal. Todas son secuencias memorables por sí mismas. También representan ese tipo de terror populachero que tiene cansado a su creador y que causa repulsión a una parte de la audiencia. Por ejemplo, al principio observamos cómo una presentación/homenaje en su antiguo campus termina mal para Steven cuando varios jóvenes lo cuestionan y tachan de degenerado. Él defiende su obra, dice hacer terror como metáfora de una sociedad corrupta, pero, luego lo sabremos, en el fondo desea evolucionar como artista, encontrar el horror “verdadero” y “máximo”. 

A lo largo del metraje, también nos acercamos al lado personal de Steven. Su crisis laboral definitivamente termina por afectar la relación con su familia. Su matrimonio con Elizabeth (Sharon Masters), una ex-alumna, cada día se desgasta más. Ella, sintiéndose abandonada, también ha perdido el rumbo, prefiere las fiestas y la cocaína, hasta se sugiere que tiene un amante. La relación es de carácter violento y, por supuesto, sus tres hijos son testigos. Ambos son terribles padres, ninguno está ahí para guiar a los pequeños cuando estos se disponen, por mera curiosidad, a ver la primera y controversial película de su papá, en la que unos infantes fungen como verdugos.

Uno de los comentarios poderosos de Deadline responde a esas constantes acusaciones de que el terror y la violencia en pantalla provocan terror y violencia en la vida real. Por supuesto, siempre será más fácil echarle la culpa al cine o a los videojuegos, que poner el reflector en los problemas verdaderos, en el terror mundano, aquí encarnado por unos padres canallas. Cuando quiebras a tu familia y olvidas a tus hijos, ciertamente eres más peligroso que Michael Myers, Jason Voorhees, o los ficticios niños ejecutores de Steven. 

Este estudio de personaje cierra de manera brutal, con un bajón/golpe de realidad grotesco y terrorífico en medio del vulgar exceso (mujeres, alcohol, cocaína, celuloide) que busca Steven para evadirse. Y con un artista obligado a seguir produciendo, que finalmente encuentra ese horror máximo y la deseada evolución artística, alejada de las fórmulas, en un desenlace mordaz, producto de su propia experiencia, el fruto de su crisis y duelo. Deadline, simplemente, es uno de los rescates de cine de género más extraordinarios del año.