Los Cabos 2018: AMERICAN ANIMALS y VIUDAS, programa doble de heist movies

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Reminiscente de lo visto recientemente en la cinta mexicana Museo (2018), de Alonso Ruizpalacios, American Animals (2018) es una heist movie protagonizada por jóvenes que, en el papel, no tendrían ninguna razón obvia para llevar a cabo un atraco. Con el soporte de sus familias, sin problemas económicos, inscritos en la universidad y teóricamente con un futuro prometedor, Spencer (Barry Keoghan, quien anteriormente se destacó en El sacrificio del ciervo sagrado) y Warren (Evan Peters) desean en el fondo que sus vidas den un giro rumbo a lo extraordinario y significativo. Repentinamente, robar algunos de los valiosos libros de una colección en la universidad de Transilvania, entre ellos la recopilación de pinturas de aves de John James Audubon, The Birds of America, se convertirá en la obsesión de los amigos para así llenar ese vacío existencial que es invisible para cualquiera de sus seres queridos o profesores.

Cuando al inicio de American Animals el director Bart Layton nos avisa que su película no está basada en una historia real, sino que es una historia real, se hace evidente que estamos ante una propuesta que busca jugar con las convenciones de este tipo de cine “inspirado en hechos reales”, algo que también se podría decir de Museo. Lo particular de American Animals es que por momentos actúa como un documental, llenando la pantalla con las distintivas caras parlantes de los protagonistas reales (ciertamente Spencer y Warren entre ellos) de los hechos ocurridos en 2003 y 2004 en Kentucky, Estados Unidos. De igual forma, Layton se divierte al recrear cinematográficamente los testimonios, dado que, por ejemplo, Spencer recuerda los eventos de una forma diferente a como lo hace Warren.

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En ese tono juguetón, American Animals se revela como una heist movie sumamente estilizada y disfrutable, la cual al seguir la estructura clásica del subgénero (la preparación, la ejecución y la repercusión del robo) siempre pone en evidencia la total inexperiencia en torno a lo criminal de los jóvenes universitarios –a Spencer y Warren eventualmente se unieron Eric (Jared Abrahamson) y Chas (Blake Jenner)–, quienes al ritmo de Elvis Presley se imaginan como George Clooney, Brad Pitt y compañía en La gran estafa (Ocean’s Eleven, 2001), o pretenden ser los coloridos Perros de reserva (Reservoir Dogs, 1992) de Quentin Tarantino (en una hilarante referencia conocemos al nuevo Mr. Pink); pero que vivirán en carne propia la heist movie donde nada sale acorde al plan y no hay vuelta atrás, porque la realidad, naturalmente, está más ligada al caos, al estrés, al miedo y al arrepentimiento que al atraco perfecto comandado por Danny Ocean.

Viudas (Widows, 2018), por su parte, es otra heist movie y el primer filme del cineasta británico Steve McQueen desde haber ganado el Oscar a Mejor Película por 12 años esclavo (12 Years a Slave, 2013). Ahora, McQueen nos lleva a Chicago, durante el año en el que Barack Obama se convirtió en el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Es en ese contexto, en los temas pertinentes que aborda McQueen (i.e. la brutalidad policial), donde radica lo más interesante de Viudas, al tiempo que gradualmente se va desarrollando una típica cinta del subgénero también esteralizada por un grupo de personajes inexpertos que se preparan para cometer un gran robo; en este caso, las viudas (Viola Davis, Elizabeth Debicki y Michelle Rodriguez) de tres de los criminales (Liam Neeson, Jon Bernthal y Manuel Garcia-Rulfo) que perecieron en otro atraco.

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La cinta de McQueen tiene diversas vertientes, por un lado funcionando como un drama sobre el detrás de cámaras de una elección marcada por el conflicto racial y la suciedad inherente a la política: Jack Mulligan (Colin Farrell), un candidato que es hijo de un racista (interpretado por Robert Duvall), se enfrenta a Jamal Manning (Brian Tyree Henry), un afroamericano que, cansado de la vida criminal, se convirtió en político y busca convertirse en el primer representante público de color de un distrito de Chicago. Esta trama, donde brilla el joven Daniel Kaluuya como el hermano y también matón de Jamal, va ligada al desarrollo de las tres mujeres protagonistas, cuyos procesos de duelo se ven interrumpidos cuando tienen que responder por los negocios sucios y los cabos sueltos que dejaron sus difuntos maridos. Que en medio de todo esto emerja la mencionada heist movie, con momentos genuinamente divertidos pero giros en la trama y un tono más apegados a los estándares de Hollywood que lo visto en American Animals, hace de Viudas un esfuerzo menor en la filmografía de McQueen, mostrando su faceta más genérica y hasta complaciente.

Morelia 2018: MUSEO, la heist movie de Alonso Ruizpalacios

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Así como se anuncia en los museos cuando una pieza en exhibición no es la original, por más que se le asemeje, la segunda película del mexicano Alonso Ruizpalacios, Museo (2018), nos dice desde el inicio que se trata de una “réplica” de la historia verídica sobre los jóvenes que, en 1985, se robaron cientos de invaluables piezas del Museo Nacional de Antropología.

Ruizpalacios es explícito a la hora de alejarse de los archivos hemerográficos, se divierte con la noción de que la historia oficial no siempre es la versión autentica de los hechos (¿alguien en verdad sabe qué motivó a los protagonistas del atraco?, se pregunta el director), y en ese sentido, decide imprimirle su propio sello; no por nada en Museo existen vasos comunicantes con su ópera prima Güeros (2014).

A partir de esto, la cinta nos introduce a Juan (Gael García) y a Wilson (Leonardo Ortizgris), dos amigos de Ciudad Satélite que no hace mucho estudiaron la carrera de veterinaria. Sin un rumbo claro -Juan, por ejemplo, no puede ejercer su profesión porque no se ha titulado-, este par de jóvenes deciden darle un giro a sus vidas en plena Navidad del año en el que ocurrió el primer sismo de un 19 de septiembre, ejecutando su plan de robar el icónico Museo Nacional de Antropología.

En estructura, Museo cumple con las características de la heist movie, porque vemos la previa al robo, la realización del plan y, eventualmente, las repercusiones. Pero es en cada una de estas etapas donde Ruizpalacios le brinda algo más a una cinta que en otras manos pudo terminar en algo mediocremente genérico o bien, en una plana recapitulación del insólito suceso.

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Los futuros criminales de Museo no son más que un par de “chamacos” (sí, sí, para el casi cuarentón Gael García parece que todavía es 2001, aunque no se trata de un miscast) provenientes de familias honradas de clase media, así que lo que precede al hurto se caracteriza por su color y su amena naturalidad que se sirve de la época familiar por excelencia en la que ocurrieron los hechos.

Para la magistral escena en el Museo de Antropología, Ruizpalacios primero parece evocar a la secuencia clave de la obra mayor Rififi (Du rififi chez les hommes, 1955), de Jules Dassin: en casi total silencio la tensión crece con un seguimiento detallado a los movimientos de los perpetradores, quienes de a poco y con mucho cuidado remueven el vidrio que protege a una legendaria pieza mesoamericana. Esto se complementa con una ingeniosa secuencia con rápidos y precios cortes de edición en la que los inexpertos aunque preparados jóvenes crecen su botín y dan pie a que, obviamente, tan sólo unas horas después sus acciones pasen a ser noticia y todo el país los imagine como criminales altamente sofisticados (resulta muy divertido que en realidad son un par de zopencos).

Para el “tercer acto” de su heist film, Ruizpalacios remite a su propia Güeros porque, de pronto, tenemos a dos amigos en un road trip que los llevará a cuestionarse no sólo qué sigue tras su saqueo al Museo de Antropología sino también, y naturalmente, su propia relación, con Juan fungiendo como el líder y Wilson como el más sumiso de los dos, y sus decisiones, en una vertiente con ecos de los relatos coming-of-age; esto sin mencionar un toque de metaficción.

Wilson, el narrador de Ruizpalacios, nos hace ver que el director y co-guionista ha optado por contar la que él considera una mejor versión del acontecimiento, incluso redimiendo un poco a su joven protagonista porque al final del día, Ruizpalacios, de forma relevante, pone el dedo en la llaga y parece decir que acciones como inhalar cocaína usando objetos mesoamericanos robados en el camerino de un congal acapulqueño es tan indecente como la manera en la que la historia –tanto del Museo Nacional de Antropología (incluido el famoso y condenado traslado del monolito que originalmente estaba en Coatlinchán)  como de la civilización en general– se ha ido construyendo y preservando.