BELZEBUTH: El horror de un mal guión

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Casi cinco años después de la (fallida) comedia El crimen del Cácaro Gumaro (2014), el realizador mexicano Emilio Portes regresa a las pantallas de cine con Belzebuth (2017), una cinta que, a diferencia de su trabajo anterior, pronto se revela como algo totalmente serio. No por nada la violentamente efectiva secuencia que introduce al protagonista (el detective de la policía fronteriza Ritter, interpretado por Joaquín Cosio) enfrenta al “tabú más dulce” (un término que no hace mucho utilizó el Fantastic Fest para una retrospectiva sobre el mismo tema): los asesinatos de niños, mostrando sin concesiones a un grupo de bebés recién nacidos –entre ellos el de Ritter y su esposa– siendo víctimas de una enfermera que se termina suicidando. Las matanzas de infantes y otro tipo de atentados se repetirán en diferentes lugares –un salón de clases, una alberca y un cine–, sin duda conectado la película con una realidad más asociada a Estados Unidos, aun cuando México tampoco logre escapar de ella.

El tono desolador, violento, de mex noir, con el detective trabajando en escenas del crimen que ciertamente lo remiten al peor día de su vida, se ve interrumpido para que Belzebuth, poco a poco, se convierta en una cinta de terror perteneciente al subgénero de lo sobrenatural, echando mano de elementos por demás sobreexplotados, como las posesiones demoniacas y los exorcismos. En este apartado, Belzebuth no aporta mucho y es una colección de clichés rumbo al clásico exorcismo que incluye a los personajes arquetípicos del “experto en lo paranormal” –Belzebuth es tan convencional que en este rol el actor americano Tate Ellington incluso se parece físicamente al “experto en lo paranormal” que interpreta Leigh Whannell en la franquicia de La noche del demonio (Insidious, 2010)– y la mujer que sabe comunicarse con los espíritus (Giovanna Zacarías), quienes obviamente contrastan con la actitud escéptica inicial del detective Ritter.

El guión de Belzebuth (co-escrito por el propio Portes), es un verdadero desastre, más allá de los lugares comunes, que opaca por completo las contundentes secuencias de violencia iniciales, con sus explicaciones absurdamente “complejas” y consecuentemente irrelevantes para ligar las principales acciones: el México azotado por el narco como escenario de numerosas resurrecciones milagrosas que desembocan en una especie de versión de cuarta de Niños del hombre (Children of Men, 2006), con un cura (Tobin Bell, histrión también americano dado que buena parte de la película está hablada en inglés) que quizá es el diabólico antagonista o bien el heroico protector principal del nuevo mesías.

Hay destellos efectivos en el clímax propio del cine de exorcismos (con la variante de estar situado en un narcotúnel entre México y Estados Unidos) –aunque también momentos supuestamente terroríficos que dan más risa que varios gags de El crimen del Cácaro Gumaro (¡esa figura de Cristo parlante!)–. Sin embargo, en general, Belzebuth mantiene vigente el punto sobre el cine de género mexicano en el que los curadores/investigadores Mauricio Matamoros, José Luis Ortega y Jorge Grajales coincidieron cuando los entrevisté en 2013, previo a la otrora muestra de terror en 35mm Masacre en Xoco: “tenemos buenos técnicos y si tan sólo pudieran encontrar buenas historias, ya no escribirlas porque no pueden, tendríamos un mejor cine”. 

ROMA: La faceta más personal de Alfonso Cuarón

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

En una de las escenas con narración de Y tu mamá también (2001), donde la voz de Daniel Giménez Cacho daba un mayor contexto a las acciones de los protagonistas y ocasionalmente también del ámbito social y político a su alrededor, se hace mención a la construcción de un hotel de lujo en terrenos ejidales, una acción que eventualmente provoca que un humilde pescador de la zona nunca vuelva a practicar su oficio. Roma (2018) –primera película sobre México de Alfonso Cuarón desde aquella road movie/historia coming-of-age sobre dos mejores amigos– expande esa atención al contexto sociopolítico del país y pone los reflectores en una mujer de origen mixteco (Cleo, interpretada por Yalitza Aparicio) que labora en la Ciudad de México como ayudante de una familia de clase media alta. Roma es, por supuesto, un filme político, no por nada se hace mención, por ejemplo, de que la madre de Cleo está a punto de perder sus terrenos ante el municipio; sin embargo la propia protagonista, de manera natural, no le da peso a esta noticia porque tiene sus propios problemas.

Es así que ante todo, y con su impecable fotografía en blanco y negro, Roma nos lleva hasta las entrañas de una familia mexicana entre 1970 y 1971. La cámara está puesta en la cotidianidad y el nivel de detalle se aprecia en cómo se da seguimiento a cuestiones mundanas que, en el papel, podrían decir poco o nada, i.e. el papá (Fernando Grediaga) que le cuesta trabajo meter su carro de gran tamaño en su angosto zaguán, las cacas del perro en el patio de la casa que Cleo nunca limpia a pesar de los regaños de sus patrones, los niños jugando, la abuela (Verónica García) que le compra golosinas como una caja de Gansitos a sus nietos, o el sonido de la colonia. Roma podrá estar situada en el ambiente en el que creció Cuarón, quien nació en la Ciudad de México a finales de 1961, pero este tipo de detalles los reconocemos, y apreciamos, más de uno.

Por otra parte, si en Y tu mamá también Cuarón filmó su road trip sin ignorar el entorno de los caminos recorridos por los personajes, en Roma hace lo propio con la Ciudad de México. Ahí está la excelsa recreación del México de principios de los años setenta, desde el Teatro Metropólitan cuando era un cine donde la gente podía fumar viendo su película, la música que sonaba y los programas de televisión que se veían en esa época, a los pósters del Mundial de México 70 o la propaganda que anunciaba al PRI en todos lados. Una salida al cine cualquiera con Cleo y la abuela cuidando a los niños y a su amigo, se convierte en un notorio travelling lateral que nos hace sentir que estamos acompañando a Cleo mientras entra a una zona popular de la ciudad, para después revelar sutil pero contundentemente un conflicto pivotal que involucra a la familia protagonista.

En ese sentido de la carga dramática, Cuarón toma a dos mujeres, Cleo y la mujer de la casa (Marina de Tavira), de contrastantes clases sociales –en una fiesta de año nuevo, por ejemplo, una bebe pulque y la otra se codea con amigos gringos amantes de las armas– y las pone en situaciones no iguales pero sí con un tema en común: la mujer abandonada por la figura masculina que ha decidido mirar a otro lado. Roma tiene un curioso paralelismo con Niños del hombre (Children of Men, 2006) si pensamos que al centro de ambas está una mujer embarazada en medio de un terreno por demás hostil y violento, y que no tiene a nadie a su lado más que, en este caso, a su “familia postiza”.

Cleo, cuyo móvil dramático es su embarazo no deseado –producto de su relación con un joven ex “chemo” (Jorge Antonio Guerrero) de bajos recursos y que se está reformando gracias a un supuesto entrenamiento de artes marciales–, tiene que enfrentar a una sociedad machista pero no sólo eso, y es que el México priísta de los setenta, y ciertamente también el de hoy en día, es sinónimo de represión y guerra. En un magistral clímax, Cuarón conjuga la violencia del notorio halconazo (la matanza del jueves de Corpus), indica donde pone atención usualmente el estado para encontrar a sus ejecutores (las personas marginadas claramente), evoca esos momentos de Niños del hombre, y reafirma a Roma como otra de sus cintas con impresionante aspecto formal, pero la que más sacude emocionalmente.

Una obra de muchas capas, igualmente dura que enfocada en el humanismo; cada que la familia central le dice a Cleo que la quieren mucho, se trata del Cuarón más personal hasta ahora mostrando su gratitud.