Fantastic Fest 2020: THE BOY BEHIND THE DOOR, un thriller genérico entre el gato y el ratón

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Los protagonistas de The Boy Behind the Door (2020), primer largometraje de Justin Powell y David Charbonier, son Bobby (Lonnie Chavis) y Kevin (Ezra Dewey), dos niños que viven en Dakota del Sur. En un día particularmente soleado, estos buenos amigos sueñan con irse a otro lugar donde el buen clima sea una constante, como California, y juegan béisbol a la intemperie. Toda esta secuencia es, de hecho, un flashback. La película empieza con una escena que se desarrolla seis horas después y que tiene la intención opuesta. En una zona boscosa, durante una tarde gris, vemos a un carro llegar a su destino: una solitaria casa en medio de la nada. Nuestros pequeños protagonistas viajan en la cajuela, han sido secuestrados. 

The Boy Behind the Door toca temas por demás terribles. La identidad del raptor permanece como un misterio buena parte del metraje, no así el hecho de que tiene un negocio ligado a la pedofilia (también, se entiende, que a la pornografía infantil). Entonces el escenario es el siguiente: el secuestrador le deja su casa por tiempo limitado a uno de sus clientes (Micah Hauptman), cuya potencial víctima es Kevin. Por otra parte, Bobby logra escapar de la cajuela pero, recordando la promesa de ser amigos por siempre, decide tratar de salvar a su camarada. 

Parece que estamos ante un trabajo absolutamente desolador, difícil de ver y, en consecuencia, controvertido. La realidad es que The Boy Behind the Door se revela pronto como una película netamente de género, es un thriller desarrollado desde la perspectiva de los infantes, primordialmente de Bobby. Dueña de varias facetas, la trama no tardará en arrojar al pedófilo muerto, no obstante, siempre habrá un nuevo obstáculo para mantener el conflicto y la tensión. Por ejemplo, resulta que Kevin está encadenado en un cuarto cerrado con llave y cada vez falta menos para el retorno de su captor.

Si bien hay momentos que logran el cometido de un buen thriller, mantenernos tensos, The Boy Behind the Door es de esos filmes cuya ejecución empieza a carecer de fluidez y nos invita a cuestionar las decisiones de los personajes. Se entiende que la situación dará paso a momentos puramente circunstanciales, estos problemas son más notorios cuando el perpetrador inicial vuelve a escena. Es inevitable pensar, por ejemplo, el tiempo que tarda en darse cuenta que algo ha modificado sus planes en la casa. Bobby tiene chance de limpiar la sangre y mover el cadáver, vaya, el antagonista hasta se mete a bañar, mientras el pequeño continúa revisando el lugar, hasta que, en un intento contraproducente por abrir con un cuchillo el cuarto donde está su amigo, deja a la vista un rastro de sangre.

Más allá del previsible “enfrentamiento” entre el antagonista y los infantes, Powell y Charbonier tienen otro as bajo la manga. Ha resultado curioso ver cómo en tres películas de la Celebration of Fantastic Fest, cineastas varones intentan cambiar los “roles de género”. En Teddy (2020), es una señora la que trata de seducir a un reticente jovencito, quien hace referencia al movimiento Me Too. La protagonista de Girl (2020), por su parte, descubre la verdad sobre su familia luego de asumir erróneamente por muchos años que su padre era irresponsable y violento, y que su madre era la víctima. En The Boy Behind the Door, todo el tiempo damos por sentado que quien secuestró a los niños es un hombre. Ya pueden imaginar por dónde va la sorpresa referida. 

Más allá del giro que destruye nuestras preconcepciones, la presencia de la actriz Kristin Bauer van Straten como una psicópata armada con un hacha –guiños a El resplandor (The Shining, 1980) incluidos– reafirma el juego directo entre el gato y el ratón que apunta al suspenso y la violencia explícita, casi siempre en favor de la justicia cinematográfica. Esto quiere decir que la villana, cada vez más burda y caricaturesca, recibirá su merecido gracias a unos niños cuya corta edad no impide que sepan defenderse. La película nunca llega a los niveles de ridiculez de algo similar como Becky (2020), mezcla de home invasion y cine de venganza donde una jovencita (Lulu Wilson) despacha violentamente a un grupo de prófugos liderados por un neonazi (Kevin James). A pesar de eso, The Boy Behind the Door es, a fin de cuentas, repetitiva y predecible. Te deja indiferente. 

Fantastic Fest 2020: TEDDY, licantropía y desamor adolescente

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Celebration of Fantastic Fest, la edición híbrida del festival texano de cine fantástico (mayormente virtual), arrancó con la francesa Teddy (2020), incluida originalmente en la “Selección Oficial” del Festival Internacional de Cine de Cannes. Escrita y dirigida por los gemelos Ludovic y Zoran Boukherma, se trata de una entrada más al subgénero del terror enfocado en los licántropos. El filme conecta con varios exponentes del subgénero que presentan una historia coming-of-age.

El personaje titular (Anthony Bajon, de gran actuación) es un adolescente irrespetuoso y molesto. Detrás de su actitud se esconde algo más: Teddy vive en un hogar adoptivo junto a Pépin –un hombre con ciertos problemas mentales (interpretado por Ludovic Torrent)– y su “tía”, quien está, prácticamente, en estado vegetativo. Teddy no estudia y odia su trabajo, da masajes, depila y destapa inodoros en un salón de belleza, donde, por si fuera poco, su jefa (Noémie Lvovsky), una mujer mayor, intenta seducirlo –“¿que no has escuchado del Me Too?”, dice reluctante el protagonista–. Sin duda, el rayo de luz en el presente del joven es su novia Rebecca (Christine Gautier), una estudiante con quien Teddy ha visualizado –ingenuamente– un futuro juntos, construir una casa, tener un buen empleo, procrear, etc. 

A diferencia de la popular Travesuras de un lobo adolescente (Teen Wolf, 1985) –donde Michael J. Fox descubre que es un licántropo, y luego aprende lecciones sobre la importancia de tomar las cosas con calma y ser uno mismo–, en Teddy el coming-of-age se entrelaza con el escenario y desarrollo de los clásicos del terror sobre hombres lobo. Travesuras de un lobo adolescente, por ejemplo, es muchas cosas, hasta película de básquetbol, pero no terror. 

El escenario en Teddy es familiar: en un pueblo francés no es novedad que el ganado aparezca muerto y todo apunta a un lobo suelto. Podemos deducir el misterio desde la primera secuencia, en ella una anciana es atacada fuera de cuadro, vemos sangre y una luna llena. El joven Teddy se convierte en víctima de este licántropo, aunque nada es explícito y él mismo no vio bien que lo atacó. 

El desarrollo de la película es clásico, Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981) es una referencia clara: Teddy empieza a tener sueños extraños y, eventualmente, amanece desnudo sin recuerdo alguno de sus violentas acciones. 

Los hermanos Boukherma, como en su momento lo hizo John Landis, añaden una dosis humorística, propia de película de adolescentes (sexo, drogas, fiesta) o de terror (la extravagancia de Pépin, quien entiende inmediatamente que Teddy fue atacado por algo fuera de lo normal). Aunque los Boukherma coquetean con explorar el body horror inherente a los cambios físicos que sufre Teddy (pelos en la lengua o en el ojo llevan a momentos visiblemente dolorosos), finalmente no apuestan por una transformación explícita. No tienen a un Rick Baker como sí lo tuvo Landis. 

La película no muestra los momentos de mayor violencia, sólo somos testigos de las brutales consecuencias. Es una decisión creativa que, muy posiblemente, surgió por alguna limitante de presupuesto, pero que es usada con solidez por los creadores de la película. Al Teddy licántropo apenas y lo alcanzamos a ver, esto en el clímax: una secuencia deliberadamente oscura que inicia precisamente con su pata bajando el switch de la luz del lugar. Sin embargo, este aparente anticlímax funciona y va acorde a la intención principal de la propuesta. 

Teddy sigue el crecimiento de un marginado social, como es un adolescente el problema central es el desamor, esa gran decepción cuando, naturalmente, la otra mitad de una relación deja de navegar en el mismo sentido y parece ser el fin del mundo. Este conflicto se liga a la “maldición” que explota cuando hay luna llena. La cámara enfoca esos momentos de dolor entre Teddy (un personaje de esos que te importan) y las personas más cercanas a él: por supuesto Rebecca (ese único momento con el protagonista totalmente transformado en lobo es su despedida a ella) y su figura paterna Pépin, a pesar de su estado mental siempre se muestra comprensivo y afectuoso. 

Lejos de ser un festín gore o de terror corporal, bien pudo serlo, Teddy es en su núcleo una película sobria y melancólica, en línea con esos desenlaces inevitables de Un hombre lobo americano en Londres o Las buenas maneras (As Boas Maneiras, 2017). Estos míticos licántropos provocan horror puro, al mismo tiempo, son víctimas que nunca pierden su humanidad del todo, destinadas a un final funesto. 

Siguiendo los pasos de Late Phases (2014), de Adrián García Bogliano, y Las buenas maneras (emotiva historia coming-of-age y retrato de la maternidad), Teddy es una adición notable al terror sobre hombres lobo.