THE DISASTER ARTIST: Bienvenidos al planeta de Tommy Wiseau

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Incoherente, repetitiva, llena de huecos argumentales, con terribles diálogos, mal actuada y filmada, pero también una experiencia increíblemente disfrutable. Todo esto es The Room (2003), hasta ahora la única película escrita, producida, dirigida y protagonizada por Tommy Wiseau, el misterioso hombre millonario con look de vampiro y un marcado acento europeo que contrasta con su pensamiento de ser un all-American man. A pesar de ser concebida como un drama serio y personal que iba a continuar con la tradición del dramaturgo Tennessee Williams y del legendario histrión James Dean, The Room ganó notoriedad por las razones incorrectas, uniéndose más bien a la lista de lo mejor de lo peor, donde también destacan cintas como Plan 9 del espacio exterior (Plan 9 from Outer Space, 1957) de Ed Wood, Manos: The Hands of Fate (1966) y Troll 2 (1990). 

A diferencia de productos como Sharknado (2013), The Room aspiraba a grandeza, no por nada Wiseau pagó por una exhibición de dos semanas en un cine de Los Ángeles para que su ópera prima pudiera ser elegible en los premios Oscar. Pero la nominación nunca llegó, ni mucho menos el dinero necesario para poder generar una ganancia tras la extraordinaria inversión de aproximadamente $6 millones de dólares. Lo que eventualmente sí llegaría nadie se lo pudo haber imaginado: un culto de seguidores, funciones agotadas en varios países, un libro sobre el trasfondo y la filmación, y su adaptación cinematográfica dirigida y protagonizada por James Franco. 

The Disaster Artist: Obra maestra (The Disaster Artist, 2017) lleva a la pantalla grande el libro homónimo co-escrito por Greg Sestero, el actor que interpreta al mejor amigo del protagonista de The Room. La estructura del trabajo literario nos hace leer un capítulo sobre la vida de Sestero y sus experiencias con Wiseau antes de la filmación de The Room, luego un capítulo acerca del making-of de la película, y así sucesivamente. Por su parte, la cinta de Franco –en la que su hermano Dave interpreta a Sestero– tiene una narrativa lineal, la cual sintetiza la línea del tiempo del relato, cambia algunos hechos, pero en ningún momento pierde la esencia del material original.

Wiseau y Sestero, Johnny y Mark en The Room respectivamente, forjaron una peculiar amistad desde 1998, cuando se conocieron en una clase de actuación en San Francisco. La génesis del desastroso drama –sobre un buen hombre (Johnny) que es traicionado por su prometida (Lisa) y su gran amigo (Mark)– proviene netamente del momento en el que Sestero encontró en el intrépido y pirado Wiseau una fuente de inspiración ante su total inseguridad en su intento por ser un actor profesional; al mismo tiempo, el solitario Wiseau por fin se sintió aceptado después de muchos años, y vio renacer el deseo de perseguir su único (e improbable) sueño: convertirse en una estrella de Hollywood. 

La amistad, las decepciones, la perseverancia y, por supuesto, la rareza de los protagonistas están en el núcleo de The Disaster Artist: Obra maestra. Realmente no es relevante si el guión de Scott Neustadter y Michael H. Weber altera cuestiones como el arribo de Sestero y Wiseau a Los Ángeles (en el libro Tommy permanece en San Francisco por un buen rato), las audiciones que obtiene Wiseau una vez que regresa a Hollywood (en el libro nadie lo llama), o la relación entre Greg y su novia Amber, la cual se torna más importante en la película con el objetivo de desencadenar el lado oscuro de Tommy. 

Los cambios no dañan a la adaptación, ni esas escenas completamente nuevas (como los cameos de Judd Apatow y Bryan Cranston), porque al final se tocan todos los conflictos importantes del extraño bromance entre estos underdogs: el halo de misterio del disaster artist (incluso el libro revela más del trasfondo de Tommy), los celos personales y profesionales de Wiseau por Sestero, el inicio prometedor de Greg en Hollywood que sólo se quedó en eso, el rechazo de la industria como combustible para la escritura del guión de The Room, y –ya entrados en la producción dela película– los sacrificios y el hartazgo de Greg, esto último debido a las acciones y actitud inconcebible de Wiseau. 

Donde la película recrea con mayor exactitud las palabras publicadas por Sestero en 2013, es en las secuencias sobre el making-of de The Room. ¿Qué tuvo que haber sucedido en un set para que el producto final fuese tan desconcertante/hilarante? James Franco –de interpretación impecable como Wiseau (el look, el acento y la risa son imitados magistralmente)– logra grandiosos momentos cómicos al explorar el proceso de un cineasta insólito que, por ejemplo, no escatimó en comprar  todo el costoso equipo de filmación, incluidas cámaras de 35mm y HD, con tal de asegurarse que su producción luciera como las mejores de Hollywood, y no como la masturbación fílmica de alguien con nula experiencia, sin una pizca de sentido común, y terco a más no poder. 

Seth Rogen y los otros actores secundarios, quienes le dan vida al crew y al resto del reparto, son parte de nosotros, la audiencia, cuando se muestran incrédulos, asombrados, indignados y entretenidos ante el despliegue de locura y tensión en un set donde no había agua ni aire acondicionado pero sí un lujoso baño privado para Wiseau; o donde el propio director estaba dispuesto a humillar a su actriz protagónica (Ari Graynor como Juliette Danielle/Lisa) por sus pecas, pero no tenía el más mínimo interés por cuidar la continuidad o el vestuario. Estos personajes también representan al público cuando, finalmente, experimentan en pantalla grande el resultado final. Franco comanda una recreación precisa del infame metraje de The Room y, a partir de una adaptación fiel a la reacción de Sestero y su familia al ver el primer corte, expone el cambio que sufrió la magnum opus de Wiseau, pasando de ser un supuesto drama reminiscente de Tennessee Williams y James Dean a 99 minutos del mejor peor cine. 

Años después de la premiere de The Room, Wiseau tiene su discurso y acepta que, probablemente, las audiencias encuentren humor donde en su visión original sólo había dolor. The Disaster Artist: Obra maestra resume la transición del pensamiento de Tommy y aunque lo muestra avergonzado y dolido por la recepción inicial del público, cierra en un tono victorioso y hasta inspirador, porque, de una u otra forma, él terminó logrando su cometido. Empero, el proceso de aceptación no debió ser nada fácil para un hombre que, por su propia naturaleza, seguirá siendo un enigma y, claro, un weirdo. The Disaster Artist: Obra maestra es una historia de éxito poco convencional que va a acorde a la personalidad de su protagonista.

Fantastic Fest 2019: MI NOMBRE ES DOLEMITE, una gran celebración del cine popular y de guerrilla

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

La biopic sobre Rudy Ray Moore (Eddie Murphy de vuelta a lo grande) no inicia con un lugar común de este tipo de películas. En los primeros minutos de Mi nombre es Dolemite (Dolemite Is My Name, 2019) (primera función secreta de Fantastic Fest 2019), Rudy, cantante y comediante, tiene que trabajar como dependiente en una tienda de discos porque el éxito artístico lo elude. Todo parece indicar que el tren del estrellato se le ha pasado. Sin embargo, Rudy comenzará a desarrollar a su personaje más icónico, Dolemite, basado en una conexión con la “gente real” de los barrios afroamericanos, vital para su eventual ascenso al estrellato.

Rudy empezará a revolucionar su show gracias a las palabras de un vagabundo –cuyo fuerte olor de orina molestaba a los clientes y empleados en la tienda de discos–, haciéndolo más vulgar, musicalmente más sabroso y, en general, más adecuado y atractivo para su gente. Otra cuestión importante a notar en el primer gran logro de Rudy en el ámbito cómico/musical, es su independencia, dado que nunca se detuvo cuando alguien (en especial esos hombres blancos de negocios) no creía en él. Su conexión con la gente y su accionar independiente serán el sostén de Rudy Ray Moore una vez que decide intentar lo imposible: no conformarse con su éxito musical y saltar a la pantalla grande. 

Dirigida por Craig Brewer, escrita por Scott Alexander y Larry Karaszewski, responsables del guión de la igualmente maravillosa Ed Wood (1994), de Tim Burton, Mi nombre es Dolemite se une a la tradición de películas sobre obreros cinematográficos apasionados y soñadores que remaron contracorriente. En este caso, su nula experiencia y poco conocimiento técnico (ya ni decir su inexistente relación con los peces gordos de la industria establecida), no evitó la realización de la cinta que Rudy gustosamente había imaginado: Dolemite (1975), sobre un carismático pimp/cuentacuentos/showman que sale de prisión y se reencuentra con su rival criminal Willie Green.

En una colorida y divertidísima mirada al making-of de Dolemite, al Rudy de Murphy lo vemos rodeado de otros personajes memorables, como: Lady Reed (de mujer maltratada a compañera indispensable de Dolemite, interpretada por Da’Vine Joy Randolph), Jerry Jones (Keegan-Michael Key como este guionista de teatro que de pronto se ve involucrado en un filme blaxploitation cuya locura contrasta por completo con su seriedad), D’Urville Martin (un inspirado Wesley Snipes le da vida a este egocéntrico director que ve por debajo del hombro a los demás porque trabajó, prácticamente como extra, con Roman Polanski y John Cassavetes en El bebé de Rosemary), el jovencito blanco Nick (Kodi Smith-McPhee como el DP que sí tiene formación fílmica), y los fieles amigos de Rudy interpretados por actores como Craig Robinson y Tituss Burgess. 

Si bien Mi nombre es Dolemite se conecta con Ed Wood, e incluso con la reciente The Disaster Artist: Obra maestra (The Disaster Artist, 2017) –sobre todo por la nada convencional y poco profesional manera de filmar de los protagonistas y su eventual éxito sorpresivo–, también remite bastante a Baadasssss! (2003), filme sobre otra figura imprescindible del blaxploitation (Melvin Van Peebles) y su película clave: Sweet Sweetback’s Baadasssss Song (1971).

Tanto Melvin Van Peebles como Rudy Ray Moore dejan absolutamente todo por completar sus proyectos, desafiando al sistema, arriesgando su situación económica (en Mi nombre es Dolemite vemos a Rudy obtener financiamiento tras poner como garantía las regalías de su trabajo musical), actuando como verdaderos guerrilleros del cine. Además, contra todo pronóstico Sweet Sweetback’s Baadasssss Song y Dolemite fueron películas exitosas, salvadas por un público que se sintió identificado con lo proyectado en pantalla.

En una excelsa secuencia de Mi nombre es Dolemite, Rudy sale de una sala cinematográfica junto a sus amigos tras ver una película con la que no se sintieron representados, ni les ofreció entretenimiento puro: “humor, sexo y acción con kung fu”, como lo explica Rudy a través de Murphy (recordemos que en los setenta el cine de acción de Hong Kong fue muy influyente en el público afroamericano). Mi nombre es Dolemite es un satisfactorio y necesario recordatorio de que las películas son sólo relevantes si conectan con una audiencia. Una gran celebración del cine popular que se sobrepuso a las malas críticas, y de un artista, Rudy Ray Moore, que se enfrascó en brindarle a la gente nada más que un espectáculo por el que valía la pena pagar un boleto del cine. 

Fácilmente entre las mejores películas de 2019.